Domingo 15 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

El talento no era propiamente una moneda, sino una unidad contable, que equivalía aproximadamente a unos cincuenta kilos de plata. En esta parábola el Señor nos enseña principalmente la necesidad de corresponder a la gracia de una manera esforzada, exigente y constante durante toda la vida. Hay que hacer rendir todos los dones de la naturaleza y de gracia recibidos del Señor. Lo importante no es el número, sino la generosidad para hacerlos fructificar. La vocación cristiana no se puede esconder, ni esterilizar, debe ser comunicativa, apostólica, entregada. A un fiel cristiano corriente no puede pasarle inadvertido el hecho de que Jesús haya querido explicar la doctrina de la correspondencia a la gracia sirviéndose como figura del trabajo profesional de los hombres. ¿No es esto recordarnos que la vocación cristiana se da en medio de las ocupaciones ordinarias de la vida?

Meditación

Rendir para Dios

I. La liturgia de la Iglesia continúa a finales del año litúrgico alentándonos para considerar las verdades eternas, las cuáles son de gran provecho para nuestra alma. La Segunda lectura de la Misa (1 Ts 5, 1-6) nos dice que el encuentro del Señor llegará como un ladrón en la noche, inesperadamente. Asimismo nos enseña en el Evangelio (Mt 25, 14-30) que la vida en la tierra es un tiempo para administrar la herencia del Señor, y así ganar el Cielo. El sentido de la parábola que habla del hombre que dejó a sus empleados el cuidado de sus bienes mientras se encontraba ausente, es bien claro: Los siervos somos nosotros; los talentos son las condiciones con que Dios ha dotado a cada uno; el tiempo que dura el viaje del amo es la vida; el regreso inesperado es la muerte; la rendición de cuentas, el juicio; entrar al banquete, el Cielo. No somos dueños, sino administradores de unos bienes de los que hemos de dar cuenta. Hoy nos preguntamos si cuando nos presentemos ante el Señor traeremos las manos llenas y podremos decirle: Mira, Señor, he procurado gastar la vida en tu hacienda. No he tenido otro fin que tu gloria.

II. Uno de los siervos escondió el talento que le había sido confiado: Siervo malo y perezoso le llama su señor. Este siervo no sirvió a su señor por falta de amor. Lo contrario de la pereza es precisamente la diligencia, que significa amar. El amor da alas para servir a la persona amada. La pereza, fruto del desamor, lleva a un desamor más grande. El Señor condena en esta parábola a quienes no desarrollan los dones que Él les dio y a quienes los emplean en su propio servicio, en vez de servir a Dios y a sus hermanos los hombres. Examinemos cómo aprovechamos el tiempo, la puntualidad y el orden; si dedicamos la atención debida a los deberes familiares; si hacemos un apostolado fecundo; si procuramos extender el Reino de Cristo en las almas y en la sociedad con los talentos recibidos.

III. Nuestra vida es breve: Por eso hemos de aprovecharla hasta el último instante, para ganar en el amor, en el servicio a Dios. Aprovechar el tiempo es llevar a cabo lo que Dios quiere que hagamos en ese momento. Aprovechar el tiempo es vivir con plenitud el momento actual, poniendo la cabeza y el corazón en lo que hacemos, aunque humanamente parezca insignificante, sin preocuparnos excesivamente en el pasado, sin inquietarnos por el futuro. Cuando una vida ha llegado a su fin es como un tapiz que se ha terminado de tejer: Nuestro Padre Dios lo contemplará, se sonreirá y se gozará de ver una obra acabada, resultado de haber aprovechado bien el tiempo de cada día, hora a hora, minuto a minuto.

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