Jueves 19 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

En el desarrollo de los acontecimientos históricos se cumple un castigo: Jerusalén no ha conocido la visita que se le ha hecho, es decir, ha permanecido insensible ante la venida salvadora del Redentor. Jesús nos visita a cada uno de nosotros, viene como nuestro salvador, son enseña por medio de la predicación de la Iglesia, nos da su perdón y su gracia en los Sacramentos. No debemos rechazar al Señor, no debemos permanecer insensibles a su visita.

Meditación

Las lágrimas de Jesús

I. Jesús contempla la ciudad de Jerusalén, y llora sobre ella (Lc 19, 41), pues ve cómo quedaría destruida más tarde la ciudad que tanto amaba, porque no conoció el tiempo de su visitación. San Juan nos deja constancia en otra ocasión de esas lágrimas de Jesús, que pueden ser tan consoladoras para nuestra alma: llora por la muerte de su amigo Lázaro. Los judíos presentes exclamaron: Mirad cómo le amaba (Jn 11, 33-36). Jesús –perfecto Dios y hombre perfecto (Símbolo Atanasiano)– sabe querer a sus amigos, a sus íntimos y a todos los hombres, por los que dio la vida. Hoy podemos contemplar la delicadeza de Sus sentimientos, y comprender que Él no es indiferente a nuestra correspondencia a esa oferta de amistad y de salvación. No es indiferente cuando lo visitamos en el Sagrario; no es indiferente ante nuestro esfuerzo diario por vivir la caridad, ni por servirle en medio del mundo… ¡Tantas veces se hace el encontradizo con nosotros! No dejemos de tratar a Jesús que nos espera. En Él se encuentra el fin de nuestra vida.

II. La vida cristiana no consiste en detenernos en difíciles especulaciones teóricas, ni en la mera lucha contra el pecado, sino en amar a Cristo con obras y sentirnos amados por Él. Cristo vive ahora entre nosotros: le vemos con los ojos de la fe, le hablamos en la oración, nos escucha continuamente; no es indiferente a nuestras alegrías y pesares. Con manos humanas trabajó, con mente humana pensó, con voluntad humana obró, con corazón de hombre amó. Nosotros también los hemos llenado de aflicción por nuestros pecados, por las faltas de correspondencia a la gracia, por no haber correspondido a tantas muestras de amistad. Si no amamos a Jesús no podemos seguirle. Y para amarle debemos conocerle meditando frecuentemente el Evangelio: le vemos cansado del camino (Jn 4, 4), sediento, hambriento. ¡Cómo te haces entender, Señor! Te nos muestras como nosotros, en todo, menos en el pecado: para que palpemos que contigo podremos vencer nuestras malas inclinaciones y nuestras culpas. III. El llanto de Jesús sobre Jerusalén encierra un profundo misterio. Mirándole a Él, hemos de aprender a querer a nuestros hermanos los hombres, tratando a cada uno como es, comprendiendo sus deficiencias cuando las haya, siendo siempre cordiales y estando siempre disponibles para servirles. De Cristo hemos de aprender a ser muy humanos, disculpando, alentando, haciendo la vida más grata y amable a los que comparten el mismo hogar, el mismo trabajo; sacrificando los propios gustos cuando entorpecen la convivencia, interesándonos sinceramente por su salud y por su enfermedad. Y principalmente nos preocupará el estado de su alma para ayudarles a caminar hacia Cristo que los ama. Hoy le pedimos a Nuestra Señora un corazón semejante al de su Hijo, lleno de misericordia.

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