Sábado 28 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

Hay que vivir de tal modo que, venga la muerte cuando venga, siempre nos encuentre preparados. Para quienes viven así, la muerte repentina nunca es una sorpresa. A éstos les dice San Pablo: «Vosotros, hermanos, no estáis en tinieblas, de modo que ese día os sorprenda como un ladrón» (1 Ts 5,4). Vivamos, pues, en cintura vigilancia. Consiste la vigilancia en la lucha constante por no apegarnos a las cosas de este mundo (la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la soberbia de la vida; cfr 1 Jn 2,16), y en la práctica asidua de la oración que nos hace estar unidos a Dios.

Meditación

Hacia la casa del padre

I. Las lecturas de este último día del año litúrgico nos señalan el fin de nuestro caminar aquí en la tierra: la Casa del Padre, nuestra morada definitiva. El Apocalipsis nos enseña, mediante símbolos, la realidad de la vida eterna, donde se verá cumplido el anhelo del hombre: la visión de Dios y la felicidad sin término y sin fin: El nombre de Dios sobre la frente de los elegidos expresa su pertenencia al Señor (Sagrada Biblia, EUNSA). La muerte de los hijos de Dios será sólo el paso previo, la condición indispensable, para reunirse con su Padre Dios y permanecer con Él por toda la eternidad. Muchos hombres, sin embargo, no tienen la nostalgia del Cielo porque se encuentran aquí satisfechos de su prosperidad y confort material y se sienten como si estuvieran en casa propia y definitiva, olvidando que no tenemos aquí morada permanente (Hb 13, 14) y que nuestro corazón está hecho para los bienes eternos.

II. El Cielo será la nueva comunidad de los hijos de Dios, que habrán alcanzado allí la plenitud de su adopción. Estaremos con corazón nuevo y voluntad nueva, con nuestro propio cuerpo transfigurado después de la resurrección. Jesús, en el que tiene lugar la plenitud de la revelación, nos insiste una y otra vez en una felicidad perfecta e inacabable. Su mensaje es de alegría y de esperanza en este mundo y en el que está por llegar. “Un gran Amor te espera en el Cielo: sin traiciones, sin engaños: ¡todo el amor, toda la belleza, toda la grandeza, toda la ciencia…! Y sin empalago: te saciará sin saciar” (S. Josemaría Escrivá, Forja). III. En el Cielo veremos a Dios y gozaremos en Él con un gozo infinito, según la santidad y los méritos adquiridos aquí en la tierra. Es bueno y necesario fomentar la esperanza del Cielo; consuela en los momentos más duros y ayuda a mantener firme la virtud de la fidelidad. Pensemos con frecuencia en las palabras de Jesús: Voy a prepararos un lugar (Jn 14, 2). Allí en el Cielo, tenemos nuestra casa definitiva, muy cerca de Él y de su Madre Santísima. Aquí sólo estamos de paso. “Y cuando llegue el momento de rendir nuestra alma a Dios, no tendremos miedo a la muerte. La muerte será para nosotros un cambio de casa. Vendrá cuando Dios quiera, pero será una liberación, el principio de la Vida con mayúscula. La vida se cambia, no nos la arrebatan (Prefacio I de Difuntos)” (A. Del Portillo, Homilía). Mañana comienza el Adviento, tiempo de la espera y de la esperanza; esperemos a Jesús muy cerca de María.

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