Domingo 6 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Bautizar con el Espíritu Santo» se refiere al Bautismo que Cristo va a instituir, y marca su diferencia con el de Juan. En el bautismo de Juan sólo se significaba la gracia, como en los otros ritos del Antiguo Testamento. «Por el Bautismo de la Nueva Ley los hombres son bautizados interiormente por el Espíritu Santo, cosa que sólo hace Dios. En cambio, por el bautismo de Juan sólo era lavado con agua el cuerpo» (Santo Tomás de Aquino, Suma Teológica, III, q. 38, a.2 ad 1). En el Bautismo cristiano, instituido por Nuestro Señor, el rito bautismal no sólo significa la gracia, sino que la causa eficazmente, esto es, la confiere. «El sacramento del Bautismo confiere la primera gracia santificante, por la que se perdona el pecado original, y también los actuales, si los hay; remite toda la pena por ellos debida; imprime el carácter de cristianos; nos hace hijos de Dios, miembros de la Iglesia y herederos de la gloria, y nos habilita para recibir los demás sacramentos» (San Pío X, Catecismo Mayor, n. 553).

Meditación

El precursor: preparad el camino del Señor

I. Mira al Señor que viene… Iba a llegar el Salvador y nadie advertía nada (Is 30, 19-30). El mundo de entonces, como el de ahora, seguía como de costumbre en la indiferencia más completa. Estamos en Adviento, en la espera. En este tiempo litúrgico la Iglesia propone a nuestra meditación la figura de Juan el Bautista. Se muestra ya profeta en el seno de su madre. Aún no había nacido aún, cuando a la llegada de Santa María, salta de gozo dentro de su madre (Lc 1, 76-77). Toda la esencia de la vida de Juan estuvo determinada por esta misión. Su vocación será preparar a Jesús un pueblo capaz de recibir el reino de Dios, y por otra parte, dar testimonio público de Él. No lo hará por gusto, sino porque para eso fue concebido. Así es todo apostolado: olvido de uno mismo y preocupación sincera por los demás. Juan lo hizo hasta dar la vida en el cumplimiento de su misión. Cada hombre en su sitio y circunstancias, tiene una vocación dada por Dios, y de su cumplimiento dependen muchas cosas queridas por la voluntad divina.

II. Juan sabe que ante Cristo no es ni siquiera digno de llevarle las sandalias (Mt 3, 11). No se define a sí mismo según su ascendencia sacerdotal. Juan solamente dice: Yo soy la voz que clama en el desierto: Preparad los caminos del Señor, allanad sus sendas. Él no es más que eso: la voz. La voz que anuncia al Señor. A medida que Cristo se va manifestando, Juan busca quedar en segundo plano, ir desapareciendo. Con gran delicadeza se desprenderá de quienes le siguen para que se vayan con Cristo. Juan “perseveró en la santidad, porque se mantuvo humilde en su corazón” (San Gregorio Magno, Tratado sobre el Evangelio de San Lucas). Su actitud es una enérgica advertencia contra el desordenado amor propio, que siempre nos empuja a ponernos en primer plano. Sin humildad no podríamos acercar a nuestros amigos al Señor. Y entonces nuestra vida quedaría vacía. III. Nosotros hemos recibido, con la gracia bautismal y la Confirmación, el honroso deber de confesar, con las obras y de palabra, la fe en Cristo. Nuestra familia y nuestros amigos deben ser los primeros en beneficiarse del amor al Señor. Con el ejemplo y con la oración debemos llegar incluso hasta aquellos con quienes no tenemos ocasión de hablar. Sin perder de vista, nunca, que es la gracia de Dios y no nuestras fuerzas humanas la que consigue mover las almas hacia Jesús. La Reina de los Apóstoles aumentará nuestra ilusión y esfuerzo por acercar almas a su Hijo.

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