Lunes 7 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

El paralítico representa, de algún modo, a todos los hombres a los que los pecados impiden llegar hasta Dios. Por eso dice san Ambrosio: «¡Qué grande es el Señor, que por los méritos de algunos perdona a los otros, y que mientras alaba a los primeros absuelve a los segundos! (…). Aprende, tú que juzgas, a perdonar; aprende, tú que estás enfermo, a implorar perdón. Y si la gravedad de tus pecados te hace dudar de poder recibir el perdón, recurre a unos intercesores, recurre a la Iglesia, que rezará por ti, y el Señor te concederá, por amor de Ella, lo que a ti podría negarte» (San Ambrosio, Expositio Evangelii sec. Lucam, in loc.). La tarea apostólica ha de estar movida por el afán de ayudar a los hombres a encontrar a Jesucristo. Para ello, entre otras cosas, se requiere la audacia, como vemos en los amigos del paralítico; y también la poderosa intercesión de los santos, a quienes acudimos confiados en que a ellos el Señor les oirá mejor que a nosotros pecadores.

Meditación

Apostolado de la confesión

I. El Mesías está muy cerca de nosotros, y en estos días de Adviento nos preparamos para recibirle de una manera nueva cuando llegue la Navidad. Todos los días nos encontramos amigos, colegas y parientes, desorientados en lo más esencial de su existencia. Se sienten incapacitados para ir hasta el Señor, y andan como paralíticos por la vida porque han perdido la esperanza. Nosotros hemos de guiarlos hasta la cueva de Belén; allí encontrarán el sentido de sus vidas. En muchos casos, acercar a nuestros amigos a Cristo es llevarles a que reciban el sacramento de la Penitencia, uno de los mayores bienes que Cristo ha dejado a su Iglesia. Pocas ayudas tan grandes, quizá ninguna, podemos prestarles como la de facilitarles que se acerquen a la Confesión. ¡Qué alegría cada vez que acercamos a un amigo al sacramento de la misericordia divina! Esta misma alegría es compartida en el Cielo (Lc 15, 7) por nuestro Padre Dios y por todos los bienaventurados.

II. En el Evangelio de la Misa se nos dice que Jesús llegó a Cafarnaum e inmediatamente cuatro amigos le llevan a un paralítico; pero no pudieron llegar hasta Jesús por causa del gentío. Entonces levantaron la techumbre por el sitio donde se encontraba el Señor, descolgaron la camilla, y la dejaron en medio, delante de Jesús (Lc 5, 19). El apostolado, y de modo singular el de la Confesión, es algo parecido: poner a las personas delante de Jesús; a pesar de las dificultades que esto pueda llevar consigo. Dejaron al amigo delante de Jesús. Después el Señor hizo el resto; Él es quien hace realmente lo importante. Lo principal era el encuentro entre Jesús y el amigo. ¡Qué gran lección para el apostolado! III. La mirada purísima de Jesús le penetraba hasta el fondo de su alma con honda misericordia: ‘Ten confianza, hijo, tus pecados te son perdonados’. Experimentó una gran alegría. Ya poco le importaba su parálisis. Su alma estaba limpia y había encontrado a Jesús. El Señor quiere dejar bien sentado que Él es el Único que puede perdonar los pecados, porque es Dios. Y lo demuestra con la curación completa de este hombre. Este poder lo transmite a su Iglesia en la persona de los Apóstoles. Los sacerdotes ejercitan el poder del perdón de los pecados no en virtud propia, sino en nombre de Cristo, como instrumentos en manos del Señor. Él espera a nuestros amigos. Nuestra Madre, Refugio de los Pecadores, tendrá compasión de ellos y de nosotros.

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