Miércoles 16 de Diciembre

Reflexión sobre el evangelio

«Los ciegos ven, los cojos andan…»: La Iglesia, siguiendo el ejemplo del Señor, a lo largo de los siglos ha atendido especialmente a los más necesitados. También en nuestro tiempo los Romanos Pontífices insisten en la responsabilidad de los cristianos ante las situaciones de pobreza creadas en la sociedad actual por la injusticia de los hombres: «El egoísmo y la dominación son tentaciones permanentes en los hombres. Se hace también necesario un discernimiento, cada vez más afinado, para poder comprender en su raíz las situaciones de injusticia e instaurar progresivamente una justicia siempre menos imperfecta (…). La atención de la Iglesia se dirige hacia estos nuevos ‘pobres’ –los minusválidos, los inadaptados, ancianos, marginados de diverso origen–, para conocerlos, ayudarlos, defender su puesto y su dignidad en una sociedad endurecida por la competencia y el atractivo del éxito» (Pablo VI, Carta Apostólica Octogesima adveniens, 14-VI-1971).

Meditación

Las señales

I. Jesús nace en una cueva, oculto a los ojos de los hombres que lo esperan, y unos pastores de alma sencilla serán sus primeros adoradores. La sencillez de aquellos hombres les permitirá ver al Niño que les han anunciado. También nosotros lo hemos encontrado y es lo más extraordinario de nuestra pobre existencia. Sin el Señor nada valdría nuestra vida. Se nos da a conocer con señales claras. No necesitamos más pruebas para verle. Dios da siempre señales para descubrirle. Pero hacen falta buenas disposiciones interiores para ver al Señor que pasa a nuestro lado. Sin humildad y pureza de corazón es imposible reconocerle, aunque esté muy cerca. Nuestra propia historia personal está llena de señales para que no equivoquemos el camino. Nosotros podemos decir, como le dijo Andrés a su hermano Simón: ¡Hemos encontrado al Mesías!

II. Tener visión sobrenatural es ver las cosas como Dios las ve, aprender a interpretar y juzgar los acontecimientos desde el ángulo de la fe. Sólo así entenderemos nuestra vida y el mundo en el que estamos. El Señor nos da suficiente luz para seguir el camino: si somos humildes no tendremos que pedir nuevas señales. Lo que pasa es que a veces nos sobra pereza o nos falta correspondencia a la gracia. El Señor ha de encontrarnos con esa disposición humilde y llena de autenticidad, que excluye los prejuicios y permite escuchar al Señor, porque a veces Su voluntad contraría nuestros proyectos o nuestros caprichos. III. No hay otro a quien esperar. Jesucristo está en nosotros y nos llama. ‘Iesus Christus heri, et hodie; ipse et in saecula’ (Hb 13, 8): Jesucristo es el mismo ayer, hoy, y por los siglos. “¡Cuánto me gusta recordarlo!: Jesucristo, el mismo que fue ayer para los Apóstoles y las gentes que le buscaban, vive hoy para nosotros, y vivirá por los siglos. Somos los hombres los que a veces no alcanzamos a descubrir su rostro, perennemente actual, porque miramos con ojos cansados o turbios” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios). Nosotros queremos ver al Señor, tratarle, amarle y servirle. ¡Abrid de par en par las puertas a Cristo!, nos anima su Vicario (Juan Pablo II, En Montmartre). Debemos desear una nueva conversión para contemplarle en esta próxima Navidad. La Virgen nos ayudará a prepararnos para recibirle, y su fortaleza ayudará nuestra debilidad, y nos hará comprobar que para Dios nada es imposible.

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