Viernes 25 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

El ángel anuncia que el Niño que ha nacido es el Salvador, el Cristo, el Señor. Es ‘el Salvador’ porque ha venido a redimirnos de nuestros pecados. Es ‘el Cristo’, es decir, el Mesías prometido tantas veces en el Antiguo Testamento, y que ahora está recién nacido entre nosotros cumpliendo esa esperanza antigua. Es ‘el Señor’, con lo cual se manifiesta la divinidad de Cristo, puesto que con este nombre quiso Dios ser llamado por su pueblo en el Antiguo Testamento. Y este nombre se hará corriente entre los cristianos para nombrar e invocar a Jesús, y así confesará su fe la Iglesia para siempre: «Creemos (…) en un solo Señor Jesucristo, Hijo único de Dios (…)». Al decirles el ángel que el Niño había nacido en la ciudad de David, les recuerda que éste era el lugar destinado para el nacimiento del Mesías Redentor, descendiente de David. Pero Cristo no es sólo Señor de los hombres, sino también de los ángeles. De ahí que éstos se alegren por el Nacimiento de Cristo y le tributen esta adoración: «Gloria a Dios en las alturas». Aún más, como los hombres están llamados a participar en la misma felicidad eterna que los ángeles, éstos expresan su alegría añadiendo en su alabanza: «Y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad». «Alaban al Señor –comenta san Gregorio Magno– poniendo las voces de su canto en armonía con nuestra redención; nos ven participando ya en su misma suerte y se congratulan por ello» (Moralia, 28,7).

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