Domingo 27 de Diciembre

Reflexión sobre el Evangelio

San Juan Crisóstomo, a propósito de este pasaje, subraya la fidelidad y obediencia de José: «Al oír esto, José no se escandalizó ni dijo: esto parece un enigma. Tú mismo me decías no ha mucho que Él salvaría a su pueblo, y ahora no es capaz ni de salvarse a sí mismo, sino que tenemos necesidad de huir, de emprender un viaje, un largo desplazamiento… Pero nada de esto dice, porque José es un varón fiel. Tampoco pregunta por el tiempo de la vuelta, a pesar de que el ángel lo había dejado indeterminado, pues le había dicho: Y estate allí hasta que yo te diga. Sin embargo, no por eso quedó paralizado, sino que obedece y cree y soporta todas las pruebas con alegría» (Hom. Sobre S. Mateo, 8).

Meditación

No tengáis miedo

I. La historia de la Encarnación se abre con estas palabras: ‘No temas, María’ (Lc 1, 30). Y a San José le dirá también el Ángel del Señor: José, hijo de David, no temas (Mt 1, 20). A los pastores les repetirá de nuevo el Ángel: ‘No tengáis miedo’ (Lc 2, 10). Más tarde, cuando atravesaba el pequeño mar de Galilea ya acompañado por sus discípulos, se levantó una tempestad tan recia en el mar, que las olas cubrían la barca (Mt 8, 24) mientras el Señor dormía rendido por el cansancio. Los discípulos lo despertaron diciendo: ¡Maestro, que perecemos! Jesús les respondió: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? (Mt 8, 25-26). ¡Qué poca fe también la nuestra cuando dudamos porque arrecia la tempestad! Nos dejamos impresionar demasiado por las circunstancias: enfermedad, trabajo, reveses de fortuna, contradicciones del ambiente. Olvidamos que Jesucristo es, siempre, nuestra seguridad. Debemos aumentar nuestra confianza en Él y poner los medios humanos que están a nuestro alcance. Jesús no se olvida de nosotros: ‘nunca falló a sus amigos’ (Santa Teresa, Vida), nunca.

II. Dios nunca llega tarde para socorrer a sus hijos; siempre llega, aunque sea de modo misterioso y oculto, en el momento oportuno. La plena confianza en Dios, da al cristiano una singular fortaleza y una especial serenidad en todas las circunstancias. ‘Si no le dejas, Él no te dejará’ (S. Josemaría Escrivá, Camino). Y nosotros le decimos que no queremos dejarle. “Cuando imaginamos que todo se hunde ante nuestros ojos, no se hunde nada, porque Tú eres, Señor, mi fortaleza (Sal 42, 2). Si Dios habita en nuestra alma, todo lo demás, por importante que parezca, es accidental, transitorio. En cambio, nosotros, en Dios, somos lo permanente” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios). Esta es la medicina para barrer, de nuestras vidas, miedos, tensiones y ansiedades. III. En toda nuestra vida, en lo humano y en lo sobrenatural, nuestro ‘descanso’ nuestra seguridad, no tiene otro fundamento firme que nuestra filiación divina. Esta realidad es tan profunda que afecta al mismo hombre, hasta tal punto que Santo Tomás afirma que por ella el hombre es constituido en un nuevo ser (Suma Teológica). Dios es un Padre que está pendiente de cada uno de nosotros y ha puesto un Ángel para que nos guarde en todos los caminos. En la tribulación acudamos siempre al Sagrario, y no perderemos la serenidad. Nuestra Madre nos enseñará a comportarnos como hijos de Dios; también en las circunstancias más adversas.

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