Lunes 4 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

«Porque ya está cerca el Reino de los cielos»: Este Reino, al cual invita el Rey a todos sin excepción, tiene en la tierra su Banquete, la Eucaristía, que exige unas condiciones que han de predicar los propagadores de este Reino: «Es, pues, la sinaxis eucarística el centro de la congregación de los fieles, que preside el presbítero. Los presbíteros, por lo mismo, enseñan a los fieles a ofrecer a Dios Padre la Víctima Divina en el sacrificio de la Misa y a hacer con ella oblación de su vida; en el espíritu de Cristo Pastor los instruyen a someter sus pecados con corazón contrito a la Iglesia en el sacramento de la Penitencia, para convertirse más y más cada día al Señor, recordando sus palabras: ‘haced penitencia porque está al llegar el Reino de los cielos’» (Conc. Vat. II, Decr. Presbyterorum ordinis, n. 5).

Meditación

Naturalidad y sencillez

I. Toda la vida de María está penetrada de una profunda sencillez. Su vocación de Madre del Redentor se realizó siempre con naturalidad. En ningún momento de su vida buscó privilegios especiales: “María Santísima, Madre de Dios, pasa inadvertida, como una más entre las mujeres de su pueblo. Aprende de Ella a vivir con naturalidad” (S. Josemaría Escrivá, Camino). La sencillez y naturalidad hicieron de la Virgen, en lo humano, una mujer especialmente atrayente y acogedora. Su Hijo, Jesús, es el modelo de la sencillez perfecta, durante los treinta años de vida oculta, y en todo momento. El Salvador huye del espectáculo y de la vanagloria, de los gestos falsos y teatrales; se hace asequible a todos: a los enfermos y a los desamparados, a los Apóstoles y a los niños. La humildad es una manifestación de la humildad. Es una virtud necesaria para el trato con Dios, para la dirección espiritual, para el apostolado y la convivencia.

II. La sencillez exige claridad, transparencia y rectitud de intención, que nos preserva de tener una doble vida, de servir a dos señores: a Dios, y a uno mismo. Requiere de una voluntad fuerte, que nos lleve a escoger el bien. El alma sencilla juzga de las cosas, de las personas y los acontecimientos según un juicio recto iluminado por la fe, y no por las impresiones del momento (I. Ceyala, Sencillez). En la lucha ascética hemos de reconocernos como en realidad somos y aceptar las propias limitaciones, comprender que Dios las abarca con su mirada y cuenta con ellas. En la convivencia diaria, toda complicación pone obstáculos entre nosotros y los demás, y nos aleja de Dios. La sencillez es consecuencia de la “infancia espiritual”, a la que nos invita el Señor especialmente en estos días que contemplamos el Nacimiento. En verdad os digo que, si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos (Mt 18, 2-3). III. La sencillez y naturalidad son virtudes extraordinariamente atrayentes, pero difíciles a causa de la soberbia, que nos lleva a tener una idea desmesurada de nosotros mismos, y a querer aparentar ante los demás por encima de los que somos y tenemos. La pedantería, la afectación, la jactancia, la hipocresía y la mentira se oponen a la sencillez, y, por tanto, a la amistad; son un verdadero obstáculo para la vida de familia. Para ser sencillos es preciso cuidar la rectitud de intención en nuestras acciones, que deben estar dirigidas a Dios. Lo aprenderemos si contemplamos a la Sagrada Familia, en medio de su vida corriente. Pidámosles que nos haga como niños delante de Dios.

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