Miércoles 13 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

«Y recorrió toda Galilea»: Jesucristo nos dice aquí que su misión es predicar, evangelizar. Para esto ha sido enviado. Los Apóstoles, a su vez, han sido elegidos por Jesús para enviarlos a predicar. La predicación es el medio elegido por Dios para llevar a cabo la salvación: «Quiso Dios salvar a los creyentes por medio de la necedad de la predicación» (1 Co 1,21). Por eso el mismo San Pablo dice a Timoteo: «Predica la palabra, insiste con ocasión y sin ella, reprende, reprocha y exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tm 4,1-2). La fe nos viene por el oído, nos dirá en la carta a los romanos, y, citando al profeta Isaías, exclama con entusiasmo: «¡Qué hermosos los pies de los que anuncian la Buena Nueva!» (Rm 10,15; Is 52,7).

Meditación

Oración y apostolado

I. Continúan siendo actuales aquellas palabras de San Agustín al comienzo de sus Confesiones: “Nos has creado, Señor, para Ti y nuestro corazón no halla sosiego hasta que descansa en ti” (Confesiones) El corazón de la persona humana está hecho para buscar y amar a Dios. Y el Señor facilita este encuentro, pues Él busca también a cada persona, a través de gracias sin cuento, de cuidados llenos de delicadeza y de amor. En esto reside nuestra esperanza apostólica: a todos, de una manera u otra, anda buscando Cristo. Nuestra misión –por encargo de Dios– es facilitar estos encuentros de la gracia. Hoy en nuestra oración le pedimos al Señor que nos enseñe a darlo a conocer a los que nos rodean con el ejemplo de una vida alegre, a través del trabajo bien realizado, con una palabra que mueva los corazones.

II. Somos los brazos de Dios en el mundo, pues Él ha querido tener necesidad de los hombres. No debemos pasar –por pereza, comodidad, cansancio, respetos humanos– ni una sola ocasión. El Papa Juan Pablo I nos exhortaba a que se estudiaran todos los caminos, todas las posibilidades, y se procurasen todos los medios para anunciar, oportuna e inoportunamente (Alocución), la salvación a todas las gentes. Por eso debemos sentir la responsabilidad personal de que nadie, con quienes tuvimos algún trato, pueda decir al Señor: ‘hominem non habeo’ (Juan 5, 39): no encontré quien me hablara de Ti, nadie me enseñó el camino. Hoy podemos preguntarnos: ¿a cuántas personas he ayudado a vivir cristianamente el tiempo de Navidad que acabamos de celebrar? III. No podríamos ser instrumentos del Señor sin cuidar con esmero la vida de piedad, sin un trato verdaderamente personal con Cristo en la oración. El apostolado es fruto del amor a Cristo. Él es la Luz con la que iluminamos, la Verdad que debemos enseñar, la Vida que comunicamos. En el trato con Jesús en donde aprendemos a comprender, a mantener la alegría, a atender y apreciar a las personas que el Señor pone en nuestra senda. La oración es el soporte de nuestra vida y la condición de todo apostolado. Acudimos a la intercesión poderosa de San José, maestro de vida interior, y le pedimos que nos enseñe a amar a Jesús como él lo amó.

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