Domingo 17 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

El Evangelista nos indica ahora el nombre de uno de los dos discípulos que habían protagonizado la escena anterior; volverá a hablar de Andrés con motivo de la multiplicación de los panes (cfr 6,8) y de la última Pascua.

No se sabe a ciencia cierta quién era el segundo de los discípulos; pero ya desde los primeros siglos de la era cristiana se considera que es el propio Evangelista. La viveza del relato, el detalle de consignar la hora en que sucedían estos hechos, e incluso la tendencia de Juan por quedar en el anonimato parecen confirmarlo.

Meditación

Pureza y vida cristiana

I. Pasadas las fiestas de Navidad, en las que hemos considerado principalmente los misterios de la vida oculta del Señor, vamos a contemplar en este tiempo, su vida pública. El Evangelio nos señala cómo el Señor se hace encontradizo con aquellos tres primeros discípulos, que serían más tarde, fundamento de su iglesia: Pedro, Juan y Santiago. Seguir a Cristo, entonces y ahora, significa entregar el corazón, lo más íntimo y profundo de nuestro ser, y nuestra misma vida. Para seguir al Señor es necesario guardar la santa pureza y purificar el corazón, y exige, junto a la gracia de Dios, la lucha y el esfuerzo personal. La santa pureza, parte de la virtud de la templanza, nos inclina prontamente y con alegría a moderar el uso de la facultad generativa, según la luz de la razón ayudada por la fe (Santo Tomás, Suma teológica). Lo contrario, la lujuria, que destruye la dignidad del hombre, debilita la voluntad hacia el bien, y entorpece el entendimiento para conocer y amar a Dios, y también para las cosas humanas rectas. La esencia de la castidad no son solamente los actos de renuncia (“no mirar”, “no imaginar”, etcétera…): es más bien delicadeza y ternura con Dios, y respeto hacia las personas, a quienes se ve como hijos de Dios.

II. Debemos tener la convicción firme de que la santa pureza se puede vivir siempre, si se ponen los medios necesarios que nos da Dios para vencer y se evitan las ocasiones de peligro. Para vivirla, es indispensable tener una buena formación, tratando esta materia con finura y sentido sobrenatural, pero con claridad y sin ambigüedades, en la dirección espiritual, para completar o rectificar las ideas poco exactas que se puedan tener. A la pureza del alma debemos unir la pureza del cuerpo: ordenar los afectos, de tal manera que Dios ocupe en todo momento el centro del alma. Igualmente es esencial la humildad para pedir la ayuda necesaria y reconocer con contrición y sinceridad los descuidos concretos, para agradecer el valor del propio cuerpo y del alma. Cuidar la sensibilidad, las lecturas, guardar la vista, los sentidos internos (imaginación, memoria), combatir la vanidad, la tendencia a llamar la atención y el afán desmedido de encontrar respuestas afectivas por parte de los demás, nos ayudará a conservar la santa pureza tan agradable al Señor, y necesaria para seguirlo.

III. Entre las virtudes humanas que ayudan a vivir la santa pureza está la laboriosidad, el trabajo constante, intenso, valentía y fortaleza para huir de la tentación, y la sinceridad plena en la dirección espiritual. Pero nada sería suficiente sin la oración, el sacramento de la Penitencia y la Sagrada Eucaristía. Acudimos a Santa María, Madre del Amor Hermoso para pedirle la virtud de la pureza.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s