Domingo 24 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

Los Doce son elegidos por Jesús, recibiendo una vocación específica para ser «enviados», que es lo que significa la palabra «apóstoles». Jesús los elige para la misión posterior, y para ello les otorgará parte de su poder. El que Jesús elija precisamente doce tiene un profundo significado. Su número corresponde al de los doce Patriarcas de Israel, y los Apóstoles representan el nuevo Pueblo de Dios, la Iglesia, fundada por Cristo. Jesús quiso así poner de relieve la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Ellos son las columnas sobre las que Cristo edifica la Iglesia. Su misión consistirá en hacer discípulos del Señor (enseñar) a todos los pueblos, santificar y gobernar a los creyentes. La misma designación de los Doce muestra que forman un grupo determinado y completo; por eso, tras la muerte de Judas, el traidor, es elegido Matías para completar este número (Hch 1,15-26).

Meditación

Desprendimiento para seguir a Cristo

I. El Evangelio de la Misa nos narra la llamada de Cristo a cuatro de sus discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Los cuatro eran pescadores y se encuentran trabajando, echando las redes o arreglándolas, cuando Jesús pasa y les llama. Estos apóstoles ya conocían al Señor y se habían sentido profundamente atraídos por su Persona y por su doctrina. El llamamiento que ahora reciben es el definitivo: ‘Seguidme y os haré pescadores de hombres’. Jesús, que les ha buscado en medio de su trabajo, emplea un símil sacado de su profesión, la pesca, para señalarles su nueva misión. Estos pescadores, al instante, lo dejaron todo para seguir al Maestro. También de San Mateo se nos dice que, ‘relictis omnibus’, dejadas todas las cosas, ‘se levantó de la mesa donde cobraba los tributos’y se fue con Cristo. Y el resto de los Apóstoles, cada uno en las peculiares circunstancias en que los encontró Jesús, debieron de hacer lo mismo.

II. El desasimiento cristiano no es desprecio de los bienes materiales, si se adquieren y se utilizan conforme a la voluntad de Dios, sino hacer realidad en la propia vida aquel consejo del Señor: ‘Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura’. Cuanto mayor es el desprendimiento, se descubre que mayor es la capacidad de querer a los demás y de apreciar la bondad y belleza de la creación.

Pero un corazón tibio y dividido, dado a compaginar el amor a Dios con el amor a los bienes, a la comodidad y al aburguesamiento, muy pronto desalojará a Cristo de su corazón y se encontrará prisionero de los bienes, que entonces se han convertido para él en males. No debemos olvidar que todos arrastramos como secuela del pecado original la tendencia a una vida más fácil, al aburguesamiento, al afán de dominio, a la preocupación por el futuro. A esta tendencia, que existe en todo corazón, se une la carrera desenfrenada por la posesión y el disfrute de medios materiales como si fuera lo más importante de la vida, que parece extenderse cada vez más en la sociedad en que vivimos. En todas partes se observa una clara tendencia, no al legítimo confort, sino al lujo, a no privarse de nada placentero. Es una gran presión que se hace sentir por todas partes y que no debemos olvidar, si queremos de verdad mantenernos libres de estas ataduras para seguir a Cristo y ser ejemplos vivos de templanza, en medio de esa sociedad que debemos conducir hasta el Señor. La abundancia y el disfrute de bienes materiales nunca darán la felicidad al mundo; el corazón humano sólo encontrará en su Dios y Señor la plenitud para la que fue creado. Cuando no se actúa con la necesaria fortaleza para vivir ese desprendimiento, «el corazón queda entonces triste e insatisfecho; se adentra por caminos de un eterno descontento y acaba esclavizado ya en la tierra, víctima de esos mismos bienes que quizá se han logrado a base de esfuerzos y renuncias sin cuento» (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 118).

III. El desprendimiento efectivo de los bienes supone sacrificio. Un desprendimiento que no cuesta es poco real. El estilo de vida cristiano supone un cambio radical de actitud frente a los bienes terrenos: se procuran y se usan no como si fueran un fin, sino como un medio para servir a Dios, a la familia, a la sociedad. El fin de un cristiano no es ‘tener cada vez más’, sino amar más y mása Cristo, a través de su trabajo, de su familia, también a través de los bienes. La generosa preocupación por las necesidades ajenas que vivían los primeros cristianos y que San Pablo enseñó a vivir también a los fieles de las comunidades que iba fundando, será siempre un ejemplo de permanente vigencia: un cristiano jamás podrá contemplar con indiferencia las necesidades espirituales o materiales de los demás, y debe poner los medios para contribuir generosamente a solucionar esas necesidades. Unas veces con su aportación económica, otras cediendo su tiempo para obras buenas, sabiendo que entonces ‘no sólo se remedian las necesidades de los santos–de otros hermanos en la fe–, sino que también se contribuye mucho a la gloria del Señor’(2 Co 9,12). La generosidad en la limosna a personas necesitadas o a obras buenas ha sido siempre una manifestación, no única, del desprendimiento real de los bienes y del espíritu de pobreza evangélica. Limosna, no sólo de lo superfluo, sino aquella que se compone principalmente a base de sacrificios personales, de pasar necesidad en algún campo. Esta ofrenda, hecha con sacrificio de aquello que nos parecía quizá necesario, es gratísima al Señor. La limosna brota de un corazón misericordioso, y «es más útil para quien la ejerce que para aquel que la recibe. Porque quien la ejerce saca de allí un provecho espiritual, mientras quien la recibe sólo temporal» (Santo Tomás, Comentario a la 2ª Epístola a los Corintios, 8,10).

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