Martes 26 de Enero

Reflexión sobre el Evangelio

La parábola del sembrador enseña la admirable economía de la Providencia divina, que distribuye gracias diversas entre los hombres, pero a todos las suficientes para alcanzar la salvación: «La divina Providencia concedió una incomparable gracia a la Reina de las reinas, Madre del Amor Hermoso, singularmente perfecta. También concedió extraordinarios favores a otros seres. Después, esta Bondad soberana derramó abundantes bendiciones sobre el género humano y sobre la naturaleza angélica (…). Todos han recibido su parte como de sementera que cae no solamente en buen terreno, sino también por el camino, entre las espinas y las piedras, a fin de que todos queden inexcusables delante del Redentor si no emplean redención tan superabundante para su propia salvación eterna» (San Francisco de Sales, Tratado del amor de Dios, libro 2, cap. 7).

Meditación

Santos Timoteo y Tito

I. Tito y Timoteo fueron discípulos de San Pablo. Obispos de Éfeso y Creta, respectivamente. Son los destinatarios de las Cartas llamadas “pastorales” del Apóstol. Timoteo nació en Listra, en Asia Menor, de madre judía y padre gentil y acompañó al Apóstol en muchas de sus tareas misionales como un hijo a su padre (Flp 2, 22). San Pablo le tuvo un especial afecto. En su último viaje por Asia Menor le encargó el gobierno de la Iglesia de Éfeso, mientras que a Tito, hijo de padres paganos y que asistió con el mismo Pablo y con Bernabé al Concilio de Jerusalén, le confió la de Creta, de la que fue obispo. Desde la prisión de Roma les escribe encareciéndoles el cuidado de los fieles a ellos confiados, el encargo de mantener la doctrina recibida y de estimular la vida cristiana de todos, amenazada por el ambiente pagano que les rodeaba y por las doctrinas heréticas de algunos falsos maestros. En primer lugar, han de conservar intacto el depósito de la fe (1 Tim 6, 20) que les ha sido confiado y dedicarse con esmero a la enseñanza de la doctrina (1 Tim 6, 16), conscientes de que la Iglesia es columna y fundamento de la verdad (1 Tim 3, 15); por esto, deben rechazar con firmeza los errores y refutar a quienes los propagan (1 Tim 1, 13).

La Iglesia ha buscado siempre que la formación doctrinal de los fieles se dirija a los contenidos fundamentales, expuestos con claridad, evitando posibles confusiones que podrían seguirse de enseñar interpretaciones caprichosas o no importantes a la fe. ‘Ya te encarecí –escribe el Apóstol a Timoteo– al marcharme a Macedonia, que permanecieras en Éfeso para que mandases a algunos que no enseñaran doctrinas diferentes, ni prestaran atención a mitos y genealogías interminables, que más bien fomentan discusiones que de nada sirven al plan salvífico de Dios en la fe’ (1 Tm 1, 3-4). El Papa Juan Pablo II, indica por ello a todos aquellos que se dedican a la formación de otros que “se abstengan de turbar el espíritu de los niños y de los jóvenes en esta etapa de su catequesis, con teorías extrañas, problemas inútiles o discusiones estériles…” (Juan Pablo II).

Quienes se presentan como maestros, pero no enseñan las verdades de la fe sino sus interpretaciones personales, que siembran dudas o confusión, son un peligro grande para los fieles. A veces, con la intención de adaptar los contenidos de la fe al “mundo moderno” para hacerla más comprensible, no sólo cambian el modo de explicarla sino su esencia misma, de tal manera que ya no enseñan la verdad revelada.

Hoy, también hay en medio del trigo una abundante siembra de cizaña, de mala doctrina. La radio, televisión, literatura, conferencias, muchas sectas, son medios poderosos de difusión y comunicación social en los cuales hay que discernir el bien del mal, pues junto con mensajes verdaderos, difunden errores que afectan de modo más o menos directo a la doctrina católica sobre la fe y la moral. Los cristianos no nos podemos considerar inmunes al contagio de esta enorme epidemia que sufrimos. Los maestros del error presionan al igual que en la época que San Pablo escribe estas fuertes recomendaciones y sus advertencias son de plena actualidad. Pablo VI hablaba de “un terremoto brutal y universal, terremoto, porque subvierte; brutal, porque va a los fundamentos; universal, porque lo encontramos por todas partes”.

Conocedores de que la fe es de inmenso valor, hemos de poner los medios necesarios para conservarla en nosotros y en los demás, y para enseñarla con especial responsabilidad a aquellos que de alguna manera tenemos a nuestro cargo. La humildad de saber que también podemos sufrir el contagio nos moverá a ser prudentes, a no comprar o leer un libro de moda por el solo hecho de estarlo, a pedir información y consejo sobre espectáculos, programas de televisión, lecturas, etc. La fe vale más que todo.

II. Guarda el precioso depósito por medio del Espíritu Santo que habita en nosotros (2 Tim 1, 14). San Pablo aplica el término depósito, que equivale a bienes en el derecho romano, al contenido de la Revelación, y así ha pasado a la tradición católica. Este conjunto de verdades es entregado a cada generación, la que a su vez lo transmite a la siguiente, procede de Dios. Por eso, a quienes no son fieles a su enseñanza se podrían dirigir las palabras que el Profeta Jeremías pone en labios de Yahvé: ‘Dos pecados ha cometido mi pueblo: me ha abandonado a Mí, fuente de las aguas vivas, para excavarse aljibes agrietados que no pueden retener las aguas’ (Jr 2, 13). Quienes dejan a un lado el Magisterio de la Iglesia, sólo pueden enseñar doctrinas de hombres, que resultan no sólo vanas y vacías, sino también dañinas para la fe y la salvación. El verdadero discípulo misionero es aquel que, “aun a costa de renuncias y sacrificios, busca siempre la verdad que debe transmitir a los demás. No vende ni disimula jamás la verdad por el deseo de agradar a los hombres, de causar asombro, ni por originalidad o deseo de aparentar” (Pablo VI).

De estas verdades de fe la Iglesia ha señalado las definiciones indiscutibles. Muchas de ellas fueron expresadas ante ataques de los enemigos de la fe o para acrecentar la piedad de los fieles. R. Knox explica que estas verdades vienen a ser para nosotros, que recorremos el camino de la vida, lo que para los marinos las boyas puestas a la desembocadura de un río. Señalan los límites entre los cuales se puede navegar con seguridad y sin miedo; fuera de ellas, siempre existe el peligro de tropezar con algún banco de arena y encallar. Mientras se discurre dentro del camino señalado, tan cuidadosamente marcado, en aquellas materias que se refieren a la fe y a la moral, se puede avanzar tranquilo y a buena marcha. Salirse de él equivale a naufragar. Cuando nos encontramos con estas verdades, nuestro pensamiento, lejos de sentirse limitado, camina más seguro, porque la verdad se ha hecho más nítida.

Desde muy antiguo, la Iglesia, ha resumido las verdades de la fe en los Catecismos, en los que de una manera clara y sin ambigüedad ha hecho asequible el tesoro de la Revelación divina –explicado por el Magisterio a lo largo de los siglos–, al alcance de todos y todas. La catequesis, obra de misericordia cada vez más necesaria, es uno de los principales cometidos de la Iglesia, y en ella, en la medida de nuestras posibilidades, hemos de participar todos. A todos, es de gran ayuda el repaso de las verdades contenidas y explicitadas de modo sencillo en el Catecismo. Pero no basta con recordar estas ideas fundamentales que un día aprendimos: “poco a poco –señala Juan Pablo II– se crece en conocimientos, se asoman a la conciencia problemas nuevos y exigencias nuevas de claridad y certeza. Es necesario, pues, buscar responsablemente las motivaciones de la propia fe cristiana. Si no se llega a ser personalmente conscientes y no se tiene una comprensión adecuada de lo que se debe creer y de los motivos de la fe, en cualquier momento todo puede hundirse fatalmente…”. Sin fidelidad a la doctrina no se puede ser fiel al Maestro, y en la medida en que penetramos más y más en el conocimiento de Dios se hace más fácil la piedad y el trato con Cristo.

III. Cuida de ti mismo –aconseja San Pablo a Timoteo– y de la enseñanza; persevera en esta disposición, pues actuando así te salvarás a ti mismo y a los que te escuchan. Debemos aprovechar con constancia los medios de formación que tenemos a nuestro alcance: estudio de la Teología, asistir a retiros, la lectura espiritual y de la Sagrada Escritura. Buscar una formación en la fe, según nuestras circunstancias, para conocer mejor a Dios, para darlo a conocer, para evitar el contagio de falsas doctrinas. La doctrina nos da luz para la vida, y la vida cristiana dispone el corazón para penetrar en el conocimiento de Dios. Él nos pide constantemente una respuesta de la inteligencia a todas aquellas verdades que, en su amor eterno, nos ha revelado. Éste no es un conocimiento teórico: debe desplegarse en la totalidad de la existencia, para permitirnos actuar, hasta en lo más pequeño, de acuerdo con el querer del Señor. Hemos de vivir con arreglo a la fe que profesamos: sabiéndonos hijos de Dios en todas las situaciones, contando con un Ángel Custodio que el Señor ha querido que nos ampare, animados siempre con la ayuda sobrenatural que nos prestan todos demás cristianos… Con esta vida de fe, casi sin darnos cuenta, daremos a conocer a otros muchos el espíritu de Cristo.

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