Viernes 12 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

Con alguna frecuencia aparece en la Sagrada Escritura la imposición de las manos como gesto para transmitir poderes o bendiciones. De todos es conocido que la saliva tiene cierta eficacia para aliviar heridas leves. Los dedos simbolizaban en el lenguaje de la Revelación una acción divina poderosa. Jesús, pues, emplea signos que tienen una cierta connaturalidad en relación al efecto que se intenta producir, aunque, como vemos por el texto, el efecto –la curación inmediata del sordomudo– excede completamente al signo empleado.

Meditación

Todo lo hizo bien

I. El Evangelio de la Misa de hoy (Mc 7, 31-37) nos comenta el asombro y entusiasmo de la multitud al presenciar atónita los milagros de Jesús: ‘bene omnia fecit’, todo lo ha hecho bien: los grandes prodigios, y las cosas menudas, cotidianas, que a nadie deslumbraron, pero que Cristo realizó con la plenitud de quien es ‘perfectus Deus, perfectus homo’: perfecto Dios y hombre perfecto (Símbolo Quicumque). El Señor se nos presenta como Modelo para nuestra vida corriente puesto que una gran parte de ella se encuentra configurada por el trabajo. Cristo quiere que quienes le siguen en medio del mundo sean personas que trabajan bien, con prestigio, competentes en su profesión u oficio, sin chapuzas; personas muy distintas, que se mueven por fines humanos nobles porque el trabajo –sea el que sea– es el medio donde debemos ejercitar las virtudes humanas y las sobrenaturales. Hoy nosotros le decimos que queremos imitarlo en su vida oculta de Nazaret.

II. Cuando Jesús busca a quienes han de seguirle, lo hace entre hombres acostumbrados al trabajo. Para trabajar bien, primero es necesario trabajar con laboriosidad, aprovechando bien las horas, pues es imposible que quien no aproveche bien el tiempo pueda acostumbrarse al sacrificio y mantenga despierto su espíritu, que pueda vivir las virtudes humanas más elementales. Una vida sin trabajo se corrompe, y con frecuencia corrompe lo que hay alrededor. El Señor nos pide un trabajo bien hecho, orden, competencia, afán de perfección, sin tacha ni errores, acabado hasta el final con ilusión. Además, el cristiano hace su trabajo por Dios, a quien cada día lo presenta como una ofrenda que permanecerá en la eternidad. III. Acabar bien lo que realizamos significa en muchos casos estar pendientes en lo pequeño. Eso exige esfuerzo y sacrificio, y al ofrecerlo se convierte en algo grato a Dios. Estar en los detalles pequeños por amor a Dios engrandece el alma porque nuestro trabajo se perfecciona. Quizá quiera el Señor hacernos ver hoy detalles que exigen un cambio de orientación o de ritmo en nuestro modo de trabajar. Con la ayuda de la Virgen, hagamos un propósito concreto sobre nuestro trabajo con la intención de que mientras lo realicemos nuestro corazón se escape junto al Sagrario, para decir, sin cosas raras: Jesús mío, te amo (S. Josemaría Escrivá, Forja).

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