Domingo 14 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

En la lepra se veía un castigo de Dios (cfr. Num 12,10-15). La desaparición de esta enfermedad se consideraba como una de las bendiciones de la época mesiánica (Is 35,8). Al enfermo de lepra, por el carácter contagioso de esta enfermedad, la Ley lo había declarado impuro y transmisor de impureza a aquellas personas que tocaba, o a aquellos lugares en que entraba. Por eso tenía que vivir aislado (Num 5,2; 12,14 ss.), y mostrar, por un conjunto de señales externas, su condición de leproso. El pasaje nos muestra la oración, llena de fe y confianza, de un hombre que necesita la ayuda de Jesús y la pide seguro de que, si quiere el Señor, tiene poder para librarlo del mal que padece. «Aquel hombre se arrodilla postrándose en tierra –lo que es señal de humildad y de vergüenza–, para que cada uno se avergüence de las manchas de su vida. Pero la vergüenza no ha de impedir la confesión: el leproso mostró la llaga y pidió el remedio. Su confesión está llena de piedad y de fe. Si quieres, dice, puedes: esto es, reconoció que el poder curarse estaba en manos del Señor» (In Marci Evangelium expositio, in loc.).

Meditación

José, el esposo de María
(3er Domingo de san José)

I. A todos los santos se les suele conocer por una virtud en la que son especialmente modelo para los demás hombres y en  la que sobresalieron de una manera particular: San Francisco de Asís por su pobreza; el Santo Cura de Ars como modelo de sacerdote entregado al servicio de las almas; Santo Tomás Moro por la fortaleza para no ceder en su fe, que lo llevó al martirio… De San José nos dice San Mateo: José, el esposo de María. De ahí le vino su santidad y su misión en la vida. Nadie, excepto Jesús, amó tanto a Nuestra Señora, nadie la protegió mejor. Ninguno otro ha gastado su vida por el Salvador como lo hizo San José. La Providencia quiso que Jesús naciera en el seno de una familia verdadera. La Virgen recibió la visita del Ángel, y el Hijo de Dios se encarnó en su seno; a San José le fue revelado en sueños el misterio divino que se había obrado en Nuestra Señora y se le pidió que aceptara a María como esposa en su casa. Despertado del sueño, hizo como el ángel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer (Mt 1, 24). Todo se llevó a cabo en un ambiente delicadísimo, que nosotros entendemos bien cuando lo miramos con un corazón puro. José, virgen por la Virgen, la custodió con extrema delicadeza y ternura (San Agustín, Tratado sobre la virginidad). Nuestra Señora amó a San José con un amor intenso y purísimo de esposa. Ella que lo conoció bien, desea que busquemos en él apoyo y fortaleza. En María y José tienen los esposos el ejemplo acabado de lo que deben ser el amor y la delicadeza. En ellos encuentran también su imagen perfecta quienes han entregado a Dios todo su amor, ‘indiviso corde’, pues el celibato apostólico o  la virginidad, no sólo no contradicen la dignidad del matrimonio, sino que la presuponen y la confirman.

II. Dios Padre preparó detenidamente la familia virginal en la que nacería su Hijo Unigénito.  No es nada probable que José fuera mucho mayor que la Virgen, como frecuentemente se ha pintado en los lienzos, con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María, pues “para vivir la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud” (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). Ése es el amor que nosotros pedimos al Santo Patriarca; ese amor “que ilumina el corazón” (Santo Tomás, Sobre la caridad) para llevar a cabo con alegría la tarea que nos ha sido encomendada. III. Los Evangelios nombran a San José como padre en repetidas ocasiones (Lc 2, 27; 33; 41; 48). Éste era, sin duda, el nombre que habitualmente utilizaba Jesús en la intimidad del hogar para dirigirse al Santo Patriarca. Jesús obedeció a San José como a padre: bajó con ellos y vino a Nazaret y les estaba sujetos… (Lc 2, 51).  San José le consagró a Jesús toda su vida, sus fuerzas, su tiempo, sus inquietudes, sus cuidados, su amor dulce y fuerte, tranquilo y ferviente, emotivo y tierno. Llamémosle con confianza nuestro Padre y Señor, y pidámosle que nos ayude a amar a Jesús como él lo amó.

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