Domingo 21 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

San Mateo y san Lucas narran con más detalle las tentaciones de Jesús. En san Marcos se resalta únicamente lo esencial: que fue tentado por el diablo. Jesús quiso enseñarnos, sometiéndose a las tentaciones, que éstas no son de temer, sino que, al contrario, pueden ser la ocasión de un progreso en la vida interior. «Dios permite las tentaciones –comenta San Alfonso María de Ligorio– en primer lugar para que con ellas reconozcamos mejor nuestra debilidad y la necesidad que tenemos de la ayuda de Dios para no caer (…); en segundo lugar, Dios las permite para que uno aprenda a vivir desprendido de las cosas materiales y desee más fervorosamente llegar a la contemplación de Dios en el Cielo (…); y, en tercer lugar, para enriquecernos de méritos (…). En efecto, cuando el alma comienza a ser agitada de tentaciones y se ve en peligro de caer en el pecado, recurre entonces a Dios, recurre a la divina Madre, renueva el propósito de morir antes que pecar, se humilla y se abandona en brazos de la divina misericordia, y así logra alcanzar más fortaleza y se une a dios más estrechamente, como atestigua la experiencia» (Práctica del amor a Jesucristo, cap. 17).

Meditación

Dolores y gozos
(4to Domingo de san José)

I. Cuando contemplamos la vida de San José descubrimos que estuvo llena de penas y de alegrías, de dolores y de gozos. Es más, el Señor quiso enseñarnos a través de su vida que la felicidad nunca está lejos de la Cruz, y que cuando la oscuridad y el sufrimiento se llevan con sentido sobrenatural, no tardan en aparecer la claridad y la paz en el alma. Junto a Cristo, los dolores se tornan gozos.

El Evangelio nos habla del primer dolor y del primer gozo del Santo Patriarca. Escribe San Mateo: Estando desposada su Madre, María, con José, antes de que conviviesen, se encontró que había concebido en su seno por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18). José conocía bien la santidad de su esposa, no obstante los signos de su maternidad. Y esto le llevó a estar en una situación de perplejidad, de oscuridad interior. Nadie como él conocía la virtud y la bondad del corazón de María, y la amaba con un amor humano, limpio, purísimo, sin medida. Y, porque era justo, se sentía obligado a actuar con arreglo a la ley de Dios. Para evitar la infamia pública de María, decidió en su corazón dejarla privadamente. Fue para él –como lo fue para María– una durísima prueba que le desgarró su corazón.

Del mismo modo que fue inmenso el dolor en medio de la oscuridad, así debió ser inconmensurable el gozo, cuando vino la luz a su alma. Estando él considerando estas cosas…, estas cosas que no entiende, en las que su alma está sin luz, que no puede comunicar a nadie. Encontrándose en esta situación, se le apareció un ángel en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, pues lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo (Mt 1, 20). De este dolor y gozo podemos aprender que el Señor ilumina siempre a quien actúa con rectitud de intención y confianza en su Padre Dios, ante situaciones que superan la comprensión de la razón humana.

II. Meses más tarde, José, acompañado de María, se dirige a Belén para empadronarse, según el edicto de César Augusto (Cfr. Lc 2, 1). Llegaron a esta ciudad muy cansados, después de tres o cuatro jornadas de camino; de modo especial la Virgen, por el estado en que se encontraba. Y allí, en el lugar de sus antepasados, no encontraron sitio para instalarse. No hubo lugar para ellos en la posada, ni en las casas en las que San José pidió alojamiento para el Hijo de Dios que iba en el seno purísimo de María. Con la congoja en el alma, José debió de ir de casa en casa contando la misma historia: acabamos de llegar, mi esposa va a dar a luz… La Virgen, unos metros detrás, quizá con el borriquillo en el que harían gran parte del camino, contemplaba la misma negativa en una puerta y en otra. ¿Cómo podemos nosotros penetrar en el alma de San José para contemplar una tristeza tan grande? ¡Con qué pena miraría a su esposa, cansada, con las sandalias y el vestido llenos del polvo del camino! Es posible que alguien les indicara la existencia de unas cuevas naturales a la salida del pueblo. Y José se dirigió a una de ellas, que servía de establo, seguido de la Virgen, que ya no puede dar un paso más. Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito y lo recostó en un pesebre… (Lc 2, 6-7). Todas estas penas quedaron completamente olvidadas desde el momento en que María puso en sus brazos al Hijo de Dios, que desde aquel momento era también hijo suyo. Y le besa y lo adora… Y junto a tanta pobreza y sencillez, la milicia celestial, que alababa a Dios diciendo: Gloria a Dios en las alturas… (Lc 2, 13-14). José también participó de la felicidad radiante de Aquella que era su esposa, de la mujer maravillosa que le había sido confiada. Nos enseñan este dolor y este gozo a comprender mejor que vale la pena servir a Dios, aunque encontremos dificultades, pobreza, dolor… Al final, una sola mirada de la Virgen compensará con creces los pequeños sufrimientos, alguna vez un poco mayores, que tendremos que pasar por servir a Dios. III. Cumplidos los días de su purificación según la Ley de Moisés, lo llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor (Lc 2, 22). Allí, en el Templo, tuvo lugar la purificación de María de una impureza legal en la que no había incurrido, y la presentación, la ofrenda de Jesús y su rescate, como estaba prescrito en la Ley de Moisés. En el Templo, movido por el Espíritu Santo, vino al encuentro de la Sagrada Familia un hombre justo ya anciano. Tomó en sus brazos al Mesías, con inmensa alegría, y alabó a Dios. Simeón les anuncia que aquel Niño de pocos días será signo de contradicción, porque algunos se obstinarán en rechazarlo, y señala también que María habría de estar íntimamente unida a la obra redentora de su Hijo: una espada atravesaría su corazón. Junto a este dolor, la alegría de la profecía de la redención universal: Jesús estaba puesto ante la faz de todos los pueblos, sería la luz que ilumine a los gentiles y la gloria de Israel. Ninguna pena más grande que el ver la resistencia a la gracia; ninguna alegría es comparable a ver que la Redención se está realizando hoy y que son muchos los que se acercan a Cristo. ¿No hemos participado quizá de este gozo cuando un amigo nuestro se ha acercado de nuevo a Dios en el sacramento de la Penitencia o se decide a dedicar su vida a Dios sin condiciones? «¡Oh Santísima y Amantísima Virgen! –le pedimos a Nuestra Señora–, ayúdanos a compartir los sufrimientos de Jesús como Tú lo hiciste y asentir en nuestro corazón un horror profundo al pecado, un deseo más intenso de santidad, un amor más generoso a Jesús y a su cruz, para que, como Tú, reparemos con nuestro amor ardiente y compasivo sus inmensos padecimientos y humillaciones» (A. Tanquerey, La divinización del sufrimiento, p. 116). San José, nuestro Padre y Señor, ayúdanos con tu intercesión poderosa a llevar a Jesús a muchos que andan alejados o, al menos, no lo suficientemente cerca, como Él desea.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s