Lunes 22 de Febrero

Reflexión sobre el Evangelio

En este pasaje se promete a San Pedro el Primado sobre toda la Iglesia. Primado de Jesús le conferirá, después de su Resurrección, según nos relata el Evangelio de San Juan (cfr Ioh 21,15-18). Los poderes supremos son dados a Pedro para bien de la Iglesia. Como está ha de durar hasta el fin de los tiempos, esos poderes se transmitirán a aquellos que sucedan a Pedro a lo largo de la historia. El Romano Pontífice es en concreto el sucesor de San Pedro.

La doctrina sobre el primado de Pedro y de sus sucesores ha sido definida como dogma de fe por el Magisterio solemne de la Iglesia en el Concilio Vaticano I, en los siguientes términos: «Enseñamos, pues y declaramos que, según los testimonios del Evangelio, el primado de jurisdicción sobre la Iglesia universal de Dios fue prometido y conferido, inmediata y directamente, al bienaventurado Pedro por Cristo Nuestro Señor. Porque sólo a Simón -a quien ya antes había dicho: ´Tú te llamarás Cefas´(Ioh 1,42)-, después de pronunciar su confesión: ´Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo´, se dirigió el Señor con estas solemnes palabras: ´Bienaventurado eres, Simón hijo de Juan, porque no te ha revelado eso ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los Cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los Cielos; y todo lo que atares sobre la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatares sobre la tierra, quedará desatado en el Cielo´ (Mt 16, 16ss.). Y sólo a Simón Pedro confirió Jesús, después de su resurrección, la jurisdicción de pastor y recto supremo sobre todo su rebaño, diciendo: ´Apacienta mis corderos. Pastorea mis ovejas´ (Ioh 21, 15ss.)…(Canon). Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituido por Cristo Señor príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Jesucristo Señor nuestro solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema»

Meditación

Existencia y actuación del diablo

I. El diablo existe. La Sagrada Escritura habla de él desde el primero hasta el último libro revelado, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. La historia del hombre ha padecido la influencia del diablo. Hay rasgos presentes en nuestros días de una intensa malicia, que no se explican por la sola actuación humana. El demonio, en formas muy diversas, causa estragos en la humanidad. La actuación del demonio es misteriosa, real y eficaz. Con Jesucristo ha quedado mermado el dominio del diablo, pues Él ‘nos ha liberado del poder de Satanás’ (Conc. Vat. II, Sacrosanctum Concilium). Por razón de la obra redentora, el demonio sólo puede causar verdadero daño a quienes libremente le permitan hacérselo, consintiendo en el mal y alejándose de Dios: nadie peca por necesidad. Además, para librarnos del influjo diabólico, Dios ha dispuesto también un Ángel que nos ayude y proteja. ‘Acude a tu Ángel Custodio, a la hora de la prueba, y te amparará contra el demonio y te traerá santas inspiraciones’ (S. Josemaría Escrivá, Camino).

II. El demonio es un ser personal, real y concreto, de naturaleza espiritual e invisible, y que por su pecado se apartó de Dios para siempre. Es el padre de la mentira (Jn 8, 44), del pecado, de la discordia, de la desgracia, del odio, de lo malo y absurdo que hay en la tierra (Hb 2, 14), el enemigo que siembra el mal en el corazón del hombre (Mt 13, 28-39), y al único que hemos de temer si no estamos cerca de Dios. Su único fin en el mundo, al que no ha renunciado, es nuestra perdición. Y cada día intentará llevar a cabo ese fin a través de todos los medios a su alcance. Es el primer causante de las rupturas en las familias y en la sociedad. Sin embargo, el demonio no puede violentar nuestra voluntad para inclinarla al mal. El santo Cura de Ars dice que ‘el demonio es un gran perro encadenado, que acosa, que mete mucho ruido, pero que solamente muerde a quienes se le acercan demasiado’. III. Nos debe dar gran confianza saber que el Señor nos ha dejado muchos medios para vencer y para vivir en el mundo con la paz y alegría de un buen cristiano: la oración, la mortificación, la Confesión y la Eucaristía, y el amor a la Virgen. El uso del agua bendita es también eficaz protección contra el influjo del diablo. Nuestro esfuerzo en la Cuaresma por mejorar la fidelidad a lo que sabemos que Dios nos pide, es la mejor manifestación de que frente al ‘Non serviam’ del demonio, queremos poner nuestro personal ‘Serviam’: Te serviré, Señor.

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