Domingo 7 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

El comportamiento y las expresiones de Cristo cuando echaba a los vendedores del Templo manifiestan claramente que Él es el Mesías anunciado por los profetas. Por esto se acercan algunos judíos y le piden una señal de su poder. La respuesta de Jesús, que quedó oscura hasta el momento de su Resurrección, la intentaron transformar las autoridades judías en una invectiva contra el Templo, digna de la pena de muerte; la utilizaron después con sarcasmo contra el Señor agonizante en la Cruz y, más adelante, les bastó oírla repetir a san Esteban para acusarle frente al Sanedrín (Hch 6,14).

En las palabras pronunciadas por Jesús no hay nada de despectivo, como pretenderían después los falsos testigos. El milagro que les ofrece, al que llama «la señal de Jonás» (cfr Mt 16,4), será su propia Resurrección al tercer día. Para indicar la grandiosidad del milagro de su Resurrección, Jesús recurre a una metáfora: es como si dijera: ¿Veis este Templo? Pues bien, imaginadlo destruido. ¿No sería un gran milagro reconstruirlo en tres días? Esto haré yo como señal. Porque vosotros destruiréis mi Cuerpo, que es el Templo verdadero, y yo lo volveré a levantar al tercer día.

Meditación

Muerte y glorificación de san José
(6to Domingo de san José)

I. Muy bienaventurado fue José, asistido en su hora postrera por el mismo Señor y por su Madre… Vencedor de esta mortalidad, aureoladas sus sienes de luz, emigró a la Casa del Padre… (Liturgia de las horas, Himno Iste quem laeti). Había llegado la hora de dejar este mundo y, con él, los tesoros, Jesús y María, que le estaban encomendados y a quienes, con la ayuda de Dios, les procuró lo necesario con su trabajo diario. Había cuidado del Hijo de Dios, le había enseñado su oficio y ese sinfín de cosas que un padre desmenuza con pequeñas explicaciones a su hijo. Terminó su oficio paterno, que ejerció fielmente: con la máxima fidelidad. Consumó la tarea que debía llevar a cabo.

No sabemos en qué momento tuvo lugar la muerte del Santo Patriarca. Cuando Jesús tenía doce años es la última vez que aparece en vida en los Evangelios. También parece cierto que el hecho de la muerte debió de tener lugar antes de que Jesús comenzara el ministerio público. Al volver Jesús a Nazaret para predicar, la gente se preguntaba: ¿Pero no es éste el hijo de María? (Cfr. Mc 6, 3). De ordinario no se hacía referencia directa de los hijos a la madre, sino cuando ya había muerto el cabeza de familia. No pudo tener san José una muerte más apacible, rodeado de Jesús y de María, que piadosamente le atendían. Es lógico que san José haya sido proclamado Patrono de la buena muerte, pues nadie ha tenido una muerte más apacible y serena, entre Jesús y María. A él acudiremos cuando ayudemos a otros al momento de partir hacia la Cara del Padre. A él pediremos ayuda en nuestros últimos momentos. Él nos llevará de la mano ante Jesús y María.

II. San José goza de la gloria máxima, después de la Santísima Virgen (Cfr. B. Llamera, Teología de San José, p. 298), como corresponde a su santidad en la tierra, en la que gastó su vida en favor del Hijo de Dios y de su Madre Santísima. Por otra parte, «si Jesús honró en vida a José más que a todos los demás, llamándole padre, también le ensalzaría por encima de todos, después de su muerte» (Isidoro de Isolano, Suma de los dones de San José, IV, 3).

Inmediatamente después de su muerte, el alma de san José iría al seno de Abraham, donde los patriarcas y los justos de todos los tiempos aguardaban la redención que había comenzado. Allí les anunciaría que el Redentor estaba ya en la tierra y que pronto se abrirían las puertas del Cielo. «Y los justos se estremecerían de esperanza y de agradecimiento. Rodearían a José y entonarían un cántico de alabanza que ya no se interrumpiría en los siglos venideros» (Ibídem, p. 181).

En cierta ocasión, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, Fundador del Opus Dei, respondía con estas palabras a un chico joven que le preguntaba directamente dónde estaría el cuerpo de san José: «En el Cielo, hijo mío, en el Cielo. Si hubo muchos santos que resucitaron –lo dice la Escritura– cuando resucitó el Señor, entre ellos estaría, seguro, San José ». A la misma pregunta respondía en otra ocasión: «Hoy es sábado; podemos fijarnos en los misterios gloriosos (…). Al contemplar rápidamente el cuarto misterio, la Asunción de Nuestra Señora, piensa que la Tradición nos dice que san José murió antes, asistido por la Santísima Virgen y por Nuestro Señor. Es seguro, porque lo dice la Sagrada Escritura, que –cuando Cristo salió vivo del sepulcro– con Él resucitaron muchos justos, que subieron con Él al Cielo (…). ¿No es lógico que quisiera tener a su lado al que le había servido de padre en la tierra?”» (Cit. por L. Mª Herrán, La devoción a San José en la vida y enseñanzas de Monseñor Escrivá de Balaguer, p. 351).

Así podemos contemplar hoy al Santo Patriarca, al considerar el cuarto misterio glorioso del Santo Rosario: le vemos con su cuerpo glorioso, de nuevo junto a Jesús y María, intercediendo por nosotros en cualquier necesidad en que nos encontremos.

III. «Piadosamente se puede admitir, pero no asegurar –enseña San Bernardino de Siena– que el piadosísimo Hijo de Dios, Jesús, honrase con igual privilegio que a su Santísima Madre a su padre nutricio; del mismo modo que a ésta la subió al Cielo gloriosa en cuerpo y alma, así también el día de su resurrección unió consigo al santísimo José en la gloria de la Resurrección; para que, como aquella Santa Familia –Cristo, la Virgen y José– vivió junta en laboriosa vida y en gracia amorosa, así ahora en la gloria feliz reine con el cuerpo y alma en los Cielos» (Sermón sobre San José, 3).

San José cumplió en la tierra fidelísimamente la misión que Dios le había encomendado. Su vida fue una entrega constante y sin reservas a su vocación divina, en bien de la Sagrada Familia y de todos los hombres (Cfr. Juan Pablo II, Exhort. apost. Redemptoris custos). Ahora, en el Cielo, su corazón sigue albergando «una singular y preciosa simpatía para toda la humanidad» (Pablo VI, Homilía 19-III-1969), pero de modo muy particular para todos aquellos que, por una vocación específica, se entregan plenamente a servir sin condiciones al Hijo de Dios en medio de su trabajo profesional, como él lo hizo. Pidámosle hoy que sean muchos quienes reciban la vocación a una entrega plena y que respondan generosamente a la llamada; que Dios otorgue ese honor inmenso a aquellos hijos, hermanos, parientes o amigos que, por circunstancias determinadas, podrían encontrarse más cerca de recibir esa llamada del Señor. Al Santo Patriarca le pedimos que todos los cristianos seamos buenos instrumentos para hacer llegar esa voz clara del Señor a las almas, pues la mies sigue siendo abundante y los obreros pocos.

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