Domingo 14 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

«Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único»: La entrega de Cristo constituye la llamada más apremiante a corresponder a su gran amor: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por eso Cristo Redentor (…) revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es –si se puede expresar así– la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad (…). El hombre que quiere comprenderse hasta el fondo a sí mismo (…) debe, con su inquietud, incertidumbre e incluso con su debilidad y pecaminosidad, con su vida y con su muerte, acercarse a Cristo. Debe, por decirlo así, entrar en Él con todo su ser, debe ‘apropiarse’ y asimilar toda la realidad de la Encarnación y de la Redención para encontrarse a sí mismo. ¡Qué valor debe tener el hombre a los ojos del Creador, si ha ‘merecido tener tan grande Redentor’ (Misal Romano, Himno Exsultet de la Vigilia Pascual), si ‘Dios ha dado a su Hijo’, a fin de que él, el hombre, ‘no perezca sino que tenga vida eterna’!» (Conc. Vat. II, Decr. Ad gentes).

Meditación

Patrocinio de san José
(7mo Domingo de san José)

I. El Magisterio de la Iglesia ha declarado en repetidas ocasiones que los santos en el Cielo ofrecen a Dios los méritos que alcanzaron en la tierra por quienes todavía nos encontramos en camino. También enseña que es bueno y provechoso invocarles, no sólo en común, sino particularmente, poniéndolos por intercesores ante el Señor (Cfr. Conc. De Trento, Sesión 25, De invocatione et veneratione sanctorum; Dz 984; Conc. Vat. II, Const. Lumen gentium, 49). Santo Tomás explica la mediación de los santos diciendo que ésta no se debe a la imperfección de la misericordia divina, ni que convenga mover su clemencia mediante esta intercesión, sino para que se guarde en las cosas el orden debido, ya que ellos son los más cercanos a Dios (Suma Teológica, Supl., q. 72, a. 2 c y ad 1). Pertenece a su gloria prestar ayuda a los necesitados, y así se constituyen en cooperadores de Dios, «por encima de lo cual no hay nada más divino» (Cfr. Ibídem, a. 1).

Aunque los santos no están en estado de merecer, pueden pedir en virtud de los méritos que alcanzaron en la vida, los cuales ponen delante de la misericordia divina. Piden también presentando nuestras súplicas, reforzadas por las de ellos, y ofreciendo de nuevo a Dios las obras buenas que hicieron en la tierra (Ibídem, a. 3), que duran para siempre. Aunque ya no merecen para sí –el tiempo de merecimiento terminó con la muerte–, sin embargo sí están «en estado de merecer para otros, o mejor, de ayudarlos por razón de sus méritos anteriores, ya que, mientras vivieron, merecieron ante Dios que sus oraciones fuesen escuchadas después de la muerte» (Ibídem, ad 4). Las ayudas ordinarias y extraordinarias que nos consiguen los santos dependen del grado de santidad y de unión con Dios que lograron, de la perfección de su caridad (Ibídem, 1-2, q. 114, a. 4), de los méritos que alcanzaron en su vida terrena, de la devoción con que se les invoca «o porque Dios quiere declarar su santidad» (Ibídem, 2-2, q. 83, a. 11 ad 1 y 4). La intercesión de algunos de ellos es especialmente eficaz en algunas causas y necesidades: para lograr que una persona alejada de Dios se acerque al sacramento de la Penitencia, en las necesidades familiares, en el trabajo, en la enfermedad… (Ibídem, Supl., q. 72, a. 2 ad 2). No se aparta de la verdad la piedad de las almas sencillas que encomiendan a determinados santos una necesidad específica.

II. Por su santidad y por los méritos singulares que adquirió el Santo Patriarca en el cumplimiento de su misión de fiel custodio de la Sagrada Familia, su intercesión es la más poderosa de todas, si exceptuamos la de la Santísima Virgen, y es, además, la más universal, extendiéndose a las necesidades, tanto espirituales como materiales, y a cada hombre en cualquier estado en que se encuentre. «De igual modo que la lámpara doméstica que difunde una luz familiar y tranquila –señalaba Pablo VI–, pero íntima y confidencial, invitando a la vigilancia laboriosa y llena de graves pensamientos, conforta del tedio del silencio y del temor a la soledad (…), la luz de la piadosa figura de san José difunde sus rayos benéficos en la Casa de Dios, que es la Iglesia, la llena de humanísimos e inefables recuerdos de la venida a la escena de este mundo del Verbo de Dios hecho hombre por nosotros y como nosotros, que vivió la protección, la guía y la autoridad del pobre artesano de Nazaret, y la ilumina con el incomparable ejemplo que caracteriza al santo más afortunado de todos por su gran comunión de vida con Cristo y María, por su servicio a Cristo, por su servicio por amor» (Pablo VI, Homilía, 19-III-1966).

La Iglesia busca en san José el mismo apoyo, la fortaleza, la defensa y la paz que supo proporcionar a la Sagrada Familia de Nazaret, que fue como el germen en el que ya se encontraba contenida toda la Iglesia. El patrocinio de san José se extiende de modo más particular a la Iglesia universal, a las almas que aspiran a la santidad en medio del trabajo ordinario, a las familias cristianas y a los que se encuentran próximos a dejar este mundo camino a la Casa del Padre.

III. El patrocinio de san José sobre la Iglesia es la prolongación del que él ejerció sobre Jesucristo, Cabeza de la misma, y sobre María, Madre de la Iglesia. Por esta razón fue declarado Patrono universal de la Iglesia (Cfr. Pio IX, Decreto Quemadmodum Deus, 8-XII-1870; Carta Apost. Inclytum Patriarcam, 7-VII-1871). La misión de san José se prolonga a través de los siglos, y su paternidad alcanza a cada uno de nosotros. «Querría yo persuadir a todos fuesen grandes devotos de este glorioso santo –escribe la Santa de Ávila–, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios; no he conocido persona que de veras le sea devota y haga particulares servicios, que no la vea más aprovechada en la virtud; porque aprovecha en gran manera a las almas que a él se encomiendan. Paréceme ha algunos años que cada año en su día le pido una cosa, y siempre la veo cumplida; si va algo torcida la petición, él la endereza para más bien mío. Si fuera persona que tuviera autoridad de escribir, de buena gana me alargara en decir muy por menudo las mercedes que ha hecho este glorioso santo a mí y a otras personas (…). Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción; en especial personas de oración siempre le habían de ser aficionadas, que no sé cómo se puede pensar en la Reina de los Ángeles, en el tiempo que tanto pasó con el Niño Jesús, que no den las gracias a san José por lo bien que les ayudó a ellos» (Santa Teresa, o.c., 6). Acudamos frecuentemente al patrocinio de san José, y de modo muy particular en estos días cercanos ya a su fiesta. Sigamos el ejemplo de «las almas más sensibles a los impulsos del amor divino», las cuales «ven con razón en José un luminoso ejemplo de vida interior» (Juan Pablo II, o.c., 27). Sé siempre, san José, nuestro protector. Que tu espíritu interior de paz, de silencio, de trabajo y oración, al servicio de la Santa Iglesia, nos vivifique y alegre, en unión con tu Esposa, nuestra dulcísima Madre inmaculada, en el solidísimo y suave amor a Jesús, nuestro Señor (Juan XXIII, AAS, 53, 1961, p. 262.).

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