Lunes 22 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

Al comentar el episodio de la mujer adúltera, Fray Luis de Granada escribe, entre otras, esta consideración general acerca de la misericordia de Jesús: «Tales, pues, conviene que sean, hermano mío, tus entrañas, tales tus obras y tus palabras, si quieres ser un hermosísimo traslado de este Señor. Y por esto no se contenta el Apóstol con mandarnos que seamos misericordiosos, sino, dice, que nos vistamos, como hijos de Dios, de entrañas de misericordia (cfr. Col 3,12). Mira, pues, tú cuál estaría en el mundo si todos los hombres trajesen este vestido. Todo esto se ha dicho para que, por estas obras tan señaladas, se conozca algo de aquel tan grande piélago de bondad y misericordia de nuestro Salvador, la cual en estas obras tan claramente resplandece, pues (…) no podemos en esta vida conocer a Dios por Sí, sino por sus obras (…). Mas aquí también conviene avisar que nunca de tal manera nos transportemos en mirar la divina misericordia, que no nos acordemos de la justicia; ni de tal manera miremos la justicia, que no nos acordemos de la misericordia; porque ni la esperanza carezca de temor, ni el temor de la esperanza» (Vida de Jesucristo, 13).

Meditación

Vete y no peques más

I. ‘Mujer, ¿ninguno te ha condenado? –Ninguno, Señor– Tampoco yo te condeno. Anda y en adelante no peques más’ (Jn 8, 10-11). Podemos imaginar la enorme alegría de aquella mujer pecadora, sus deseos de comenzar de nuevo, su profundo amor a Cristo después de recibir Su perdón. En el alma de esta mujer, manchada por el pecado y por su pública vergüenza, se ha realizado un cambio tan profundo, que sólo podemos entreverlo a la luz de la fe. Cada día, en todos los rincones del mundo, Jesús a través de sus ministros los sacerdotes, sigue diciendo: “Yo te absuelvo de tus pecados…” Es el mismo Cristo que perdona. San Agustín afirma que el prodigio que obran estas palabras supera a la misma creación del mundo (Comentario sobre el Evangelio de San Lucas). En nuestra oración de hoy podemos mostrar nuestra gratitud al Señor por el don tan grande del sacramento de la Confesión.

II. Por la absolución, el hombre se une a Cristo redentor, que quiso cargar con nuestros pecados. Por esta unión, el pecador participa de nuevo de esa fuente de gracia que mana sin cesar del costado abierto de Jesús. En el momento de la absolución intensificaremos el dolor de nuestros pecados, renovaremos el propósito de enmienda, y escucharemos con atención las palabras del sacerdote que nos conceden el perdón de Dios. Después de cada confesión debemos dar gracias a Dios por la misericordia que ha tenido con nosotros y concretaremos cómo poner en práctica los consejos recibidos. Una manifestación de nuestra gratitud es procurar que nuestros amigos acudan a esa fuente de gracias, acercarlos a Cristo, ¡difícilmente encontraremos una obra de caridad mayor! III. Nuestros pecados, aun después de ser perdonados, merecen una pena temporal que se ha de satisfacer en esta vida o en el purgatorio. Debemos poner mucho amor en el cumplimiento de la penitencia que el sacerdote nos impone antes de impartir la absolución. Si consideramos la desproporción de nuestros pecados con la satisfacción posterior a la confesión, aumentaremos nuestro espíritu de penitencia en este tiempo de Cuaresma, en el que la Iglesia nos invita de una manera particular. Al terminar nuestra oración, invocamos a Santa María, Refugio de los pecadores, con ánimo y decisión de unirnos a su dolor, en reparación por nuestros pecados y por los de los hombres de todos los tiempos.

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