Martes 23 de Marzo

Reflexión sobre el Evangelio

Poco antes Jesús había hablado de su origen celeste y de su naturaleza divina; pero los judíos se resisten a aceptar esa revelación; por eso buscan ahora una declaración aún más explícita: «Entonces ¿quién eres tú?». La respuesta del Señor puede entenderse de diversas maneras; pues el texto griego admite dos sentidos: 1) el Señor confirma lo que había proclamado inmediatamente antes o a lo largo de su enseñanza en Jerusalén, y así se puede traducir «absolutamente», o bien «en primer lugar lo que os estoy diciendo». Esta es la interpretación de la Neovulgata. 2) Jesús indica que Él es el «Principio», término que san Juan utiliza también en el Apocalipsis para designar al Verbo, causa de toda criatura (Ap 3,14). Con ello expresa Jesús su origen divino: ésta es la interpretación de la Vulgata. En cualquier caso, Cristo manifiesta de nuevo su divinidad, reafirmando lo que ha dicho antes, pero sin volver a repetir las palabras que ya han escuchado.

Meditación

Mirar a Cristo. Vida de piedad

I. La gracia recibida en el Bautismo, llamada a su pleno desarrollo, está amenazada por los mismos enemigos que siempre han atacado a los hombres: egoísmo, sensualidad, confusión y errores en la doctrina, pereza, envidias, murmuraciones, calumnias, etc. En todas las épocas se dejan notar las heridas del pecado de origen y de los pecados personales. Los cristianos debemos buscar el remedio y el antídoto en el único lugar donde se encuentra: en Jesucristo y en su doctrina salvadora. No podemos dejar de mirarlo elevado sobre la tierra en la Cruz. Mirar a Jesús: no podemos apartar la vista del Señor, nuestro Amor. Debemos buscar la fortaleza en el trato de amistad con Jesús, a través de la oración, de la presencia de Dios a lo largo de la jornada y en la visita al Santísimo Sacramento.

II. El Señor quiere a los cristianos corrientes metidos en las entrañas de la sociedad, laboriosos en sus tareas, en un trabajo que de ordinario ocupará de la mañana a la noche. Jesús espera que no nos olvidemos de Él mientras trabajamos. Jesucristo es lo más importante de nuestro día, de nuestra vida, por eso cada uno de nosotros debe ser alma de oración siempre y mantener Su presencia a lo largo de la jornada. Para lograrlo echaremos mano de esas «’industrias humanas’: jaculatorias, actos de amor y desagravio, comuniones espirituales, ‘miradas’ a la imagen de Nuestra Señora» (S. Josemaría Escrivá, Camino): cosas sencillas, pero de gran eficacia. Si ponemos el mismo interés en acordarnos del Señor, nuestro día se llenará de pequeños recordatorios que nos llevarán a tenerle presente. Poco a poco, si perseveramos, llegaremos a estar en la presencia de Dios como algo normal y natural. Aunque siempre tendremos que poner lucha y empeño. III. Muchas veces vemos al Señor que se dirigía a su Padre Dios con una oración corta, amorosa, como una jaculatoria. Nosotros también podemos decirlas desde el fondo de nuestra alma, al responder a necesidades o situaciones concretas por las que estamos pasando. Santa Teresa recuerda la huella que dejó en su vida una jaculatoria: ¡Para siempre, siempre, siempre! Al terminar nuestra oración le decimos, como los discípulos de Emaús: «Quédate con nosotros, Señor, porque se hace de noche» (Lc 24, 29). Todo es oscuridad cuando Tú no estás. Y acudimos a la Virgen, y le decimos amorosamente: Dios te salve, María… bendita tú entre todas las mujeres.

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