Sábado 3 de Abril

Reflexión sobre el evangelio

La Resurrección de Jesucristo, realizada en las primeras horas del domingo, es un hecho que todos los Evangelio afirman de modo claro y rotundo: Unas santas mujeres comprueban con asombro que el sepulcro está abierto. Al entrar en el vestíbulo (cfr Mc 16,5-6) ven a un ángel que les dice: «No está aquí, porque ha resucitado como había dicho». Algunos guardias, los que estaban de vigilancia cuando el ángel hizo rodar la piedra, fueron a la ciudad y comunicaron a los pontífices todo lo sucedido. Como el asunto era urgente, optaron por sobornar a los guardias: les dieron bastante dinero con la condición de divulgar que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo de Jesús mientras dormían. «¡Astucia miserable!, dice S. Agustín, ¿presentas testigos dormidos? ¡Verdaderamente estás durmiendo tú mismo al imaginar semejante explicación» (Enarrationes in Psalmos, 63,15). Los Apóstoles, que días antes habían huido por miedo, serán ahora, después de haberlo visto y de haber comido y bebido con Él, los predicadores más incansables de este hecho. «A este Jesús –dirán– lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos» (Hch 2,32).

Meditación

La sepultura del cuerpo de Jesús

I. Después de tres horas de agonía Jesús ha muerto. El cielo se oscureció, pues era el Hijo de Dios quien moría. El velo del templo se rasgó de arriba abajo, significando que con la muerte de Cristo había caducado el culto de la Antigua Alianza (Hb 9, 1-14); ahora, el culto agradable a Dios se tributa a través de la Humanidad de Cristo, que es Sacerdote y Víctima. Uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante brotó sangre y agua (Jn 19, 33). San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos y la misma Iglesia del costado abierto de Jesús (Comentario al Evangelio de San Juan). Esta herida que traspasa el corazón es de superabundancia de amor que se añade a las otras, y María, que sufre intensamente, comprende ahora las palabras de Simeón: una espada traspasará tu alma. Bajaron a Cristo de la Cruz con cariño y lo depositaron en brazos de su Madre. Miremos a Jesús como le miraría la Virgen Santísima, y le decimos: “¡Oh buen Jesús!, Óyeme. Dentro de tus llagas escóndeme. No permitas que me aparte de Ti” (Misal Romano, Acción de gracias de la Misa).

II. Cuando todos los discípulos, excepto Juan han huido, José de Arimatea se presenta ante Pilato para hacerse cargo del Cuerpo de Jesús: «La más grande demanda que jamás se ha hecho» (Luis de la Palma, La Pasión del Señor), y aparece Nicodemo, el mismo que había venido a Él de noche, trayendo una mezcla de mirra y áloe, como de cien libras (Jn19, 39). ¡Cómo agradecería la Virgen la ayuda de estos dos hombres: su generosidad, su valentía, su piedad! El pequeño grupo junto a la Virgen y las mujeres que menciona el Evangelio, se hace cargo de dar sepultura al Cuerpo de Jesús: lo lavaron con extremada piedad, lo perfumaron, lo envolvieron en un lienzo nuevo que compró José (Mc 15, 46), y lo depositaron en un sepulcro nuevo excavado en la roca propiedad de José, y finalmente cubrieron su cabeza con un sudario (Jn 20, 5-6). ¡Cómo envidiamos a José de Arimatea y a Nicodemo! «¡Cuando todo el mundo os abandone y desprecie…, ‘serviam’!, Os serviré, Señor» (S. Josemaría Escrivá, Vía Crucis).

III. No sabemos dónde estaban los Apóstoles aquella tarde. Andarían perdidos, desorientados y confusos. Pero acuden a la Virgen. Ella protegió con su fe, su esperanza y su amor a esta naciente Iglesia, débil y asustada. Así nació la Iglesia: al abrigo de nuestra Madre. Si alguna vez nos encontramos perdidos por haber abandonado el sacrificio y la Cruz como los Apóstoles, debemos acudir enseguida a esa luz continuamente encendida en nuestra vida que es la Virgen Santísima. Ella nos devolverá la esperanza. Junto a Ella nos disponemos a vivir la inmensa alegría de la Resurrección.

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