Domingo 9 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

La amistad de Cristo con el cristiano, que el Señor manifiesta de modo particular en este pasaje, ha sido resaltada en la predicación de Mons. J. Escrivá de Balaguer: «La vida del cristiano que se decide a comportarse de acuerdo con la grandeza de su vocación, viene a ser como un prolongado eco de aquellas palabras del Señor: ‘ya no os llamaré siervos, pues el siervo no es sabedor de lo que hace su amo. Mas a vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer cuantas cosas oí de mi Padre’(Ioh XV, 15). Prestarse dócilmente a secundar la Voluntad divina, despliega insospechados horizontes (…) ‘nada hay mejor que saberse, por Amor, esclavos de Dios. Porque en ese momento perdemos la situación de esclavos, para convertirnos en amigos, en hijos’» (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 35).

Meditación

La esperanza del cielo

I. ‘El Señor, con su Pasión y Muerte nos ha preparado un lugar en la casa del Padre, donde hay muchas moradas’ (Jn 14, 19-20). ‘De nuevo vendré –dice a sus discípulos– y os llevaré junto a mí para que donde yo estoy estéis también vosotros’ (Jn 14, 2). El pensamiento del Cielo nos ayudará a vivir el desprendimiento de los bienes materiales y a superar circunstancias difíciles. También en los momentos en que el dolor y la tribulación arrecien, cuando cueste la fidelidad y la perseverancia en el trabajo o en el apostolado. ¡El premio es muy grande y está a la vuelta de la esquina! Nuestra muerte será el encuentro con Cristo, a quien hemos procurado servir a los largo de nuestra vida.

II. “Vamos a pensar lo que será el Cielo. ‘Ni ojo vio, ni oído oyó, ni pasó a hombre por pensamiento cuáles cosas tiene Dios preparadas para los que le aman’. ¿Os imagináis qué será llegar allí, y encontrarnos con Dios, y ver aquella hermosura, aquel amor que se vuelca en nuestro corazón, que sacia sin saciar? Yo me pregunto muchas veces al día: ¿qué será cuando toda la belleza, toda la bondad, toda la maravilla infinita de Dios se vuelque en este pobre vaso de barro que soy yo, que somos todos nosotros? Y entonces me explico aquello del Apóstol: ni ojo vio, ni oído oyó… Vale la pena, hijos míos, vale la pena” (S. Josemaría Escrivá, en Hoja informativa, n. 1, de su proceso de beatificación, p. 5). III. Nuestro cuerpo resucitado tendrá las cualidades propias de los cuerpos gloriosos: agilidad y sutileza –es decir, no estar sometidos a las limitaciones del espacio y del tiempo–, la impasibilidad –‘no habrá ya muerte, ni llanto ni gemido, ni habrá más dolor…; ni tendrán ya más hambre, ni más sed…, enjugará Dios toda lágrima de sus ojos’ (Apocalipsis 21, 3 ss)– la claridad, la belleza. Pensar en el Cielo da una gran serenidad, aquí todos los errores pueden ser reparados. El único fracaso definitivo sería no acertar con la puerta que lleva a la Vida. Allí nos espera también la Santísima Virgen.

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