Lunes 24 de Mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«En su concisa elocuencia –señala Juan Pablo II comentando este pasaje–, este acontecimiento profundamente penetrante expresa una gran lección en pocas palabras: toca problemas sustanciales y cuestiones de fondo que no han perdido, en modo alguno, su importancia. En todas partes los jóvenes se plantean problemas importantes: problemas sobre el significado de la vida, sobre el modo recto de vivir, sobre la verdadera escala de valores: ‘¿Qué he de hacer? ¿Qué he de hacer para conseguir la vida eterna?’ (…). Por esto os digo a cada uno de vosotros: escuchad la llamada de Cristo cuando sentís que os dice: ‘Sígueme’. Camina sobre mis pasos. ¡Ven a mi lado! ¡Permanece en mi amor! Es una opción que se hace: ¡la opción por Cristo y por su modelo de vida, por su mandamiento de amor!» (Homilía Boston Common).

Meditación

El joven rico

I. Nosotros hemos de preguntarle a Cristo como el joven rico del Evangelio de la Misa: ¿Qué me falta aún? Y El Señor tiene una respuesta personal para cada uno, la única respuesta válida. El Señor nos ve ahora y siempre, como vio al joven rico, con amor hondo, de predilección. Cuando aquel joven escuchó la invitación de Jesús a entregarse por completo, se retiró entristecido. Los planes de Dios no siempre coinciden con los nuestros, con aquellos que hemos forjado en la imaginación. Los proyectos divinos siempre pasan por el desprendimiento de aquello que nos ata. Dios nos llama a todos a la santidad, a la generosidad, al desprendimiento, y nos dice: ven y sígueme. No cabe la mediocridad ante la invitación de Cristo; Él no quiere discípulos de “media entrega”, con condicionamientos. Y nosotros le decimos: “Señor, no tengo otro fin en la vida que buscarte, amarte y servirte… Todos los demás objetivos de mi existencia a esto se encaminan. No quiero nada que me separe de Ti”.

II. El amor exige esfuerzo y compromiso personal para cumplir la voluntad de Dios. Significa sacrificio y disciplina, pero significa también alegría y realización humana. La llamada del Señor a seguirle de cerca exige una actitud de respuesta continua, porque Él, en sus diferentes llamamientos, pide una correspondencia dócil y generosa a lo largo de la existencia. ¿Qué me falta aún, Señor? Seamos sinceros: quien tiene verdaderos deseos de saber, llega a conocer con claridad los caminos de Dios. “La palabra de Dios puede llegar con el huracán o con la brisa” (1 R 19, 22). Pero para seguirla debemos estar desprendidos de toda atadura: sólo Cristo Importa. Todo lo demás, en Él y por Él. III. El Señor vio con pena que el joven se alejaba de Él; el Espíritu Santo nos revela el motivo de aquel rechazo a la gracia: tenía muchos bienes, y estaba muy apegado a ellos. Hoy podemos examinar valientemente en la oración dónde tenemos puesto el corazón: si nos empeñamos en andar desprendidos de los bienes de la tierra, o si sufrimos cuando padecemos necesidad; si reaccionamos con rapidez ante un detalle que manifieste aburguesamiento y comodidad; si somos parcos en las necesidades personales, si frenamos la tendencia a gastar, si evitamos los gastos superfluos, si no nos creamos falsas necesidades, si llevamos con alegría las incomodidades o la falta de medios… Sólo así viviremos con la alegría y la libertad necesaria para ser discípulos del Señor en medio del mundo.

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