Martes 8 de Junio

Reflexión sobre el evangelio

Las buenas obras son fruto de la caridad, que consiste en amar a los demás como nos ama el Señor (Jn 15,12). «Ahora adivino, escribe Santa Teresita, que la verdadera caridad consiste en soportar todos los defectos del prójimo, en no extrañar sus debilidades, en edificarse con sus menores virtudes; pero he aprendido especialmente que la caridad no debe permanecer encerrada en el fondo del corazón pues ‘no se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa’. Me parece que esta antorcha representa la caridad que debe iluminar y alegrar no sólo aquellos que más quiero, sino a todos los que están en la casa» (Historia de un alma, cap. 9).

Meditación

La sal desvirtuada

I. El Señor dice a sus discípulos que son la sal de la tierra (Mt 5, 13) porque preservan al mundo de la corrupción, pero como la sal, el cristiano se puede desvirtuar: entonces es un estorbo. Junto al pecado, es lo más triste que le puede ocurrir al hombre. La tibieza es una enfermedad del alma que afecta la inteligencia y la voluntad; empieza por frecuentes faltas y dejaciones culpables: Cristo queda lejano por tantos descuidos en detalles de amor. Santo Tomás señala como característico de este estado “una cierta tristeza, por la que el hombre se vuelve tardo para realizar actos espirituales a causa del esfuerzo que comportan” (Suma Teológica). La oración es más una carga soportada que un motor que empuja y ayuda a vencer las dificultades. Pensemos hoy si, ante las flaquezas y faltas de correspondencia a la gracia, nacen con prontitud los actos de contrición que reparan la brecha que había abierto el enemigo.

II. No se puede confundir la tibieza con la aridez en los actos de piedad producida a veces por el cansancio o la enfermedad, porque en ésta última la voluntad está firme en el bien y permanece la verdadera devoción. En la tibieza, por el contrario, la imaginación anda suelta, no se rechazan las distracciones voluntarias y se abandona la oración con la excusa de que no se saca fruto de ella. En cambio, la aridez, si Dios la permite, está llena de frutos y puede ser señal positiva de que el Señor desea purificar a esa alma. La verdadera piedad no depende del sentimiento, éste es ayuda y nada más, sino de la voluntad decidida a servir a Dios, con independencia de los estados de ánimo ¡tan cambiantes!, y de guiarse por la inteligencia, iluminada y ayudada por la fe. III. Nuestro paso por la tierra no es indiferente: ayudamos a otros a encontrar a Cristo o los separamos de Él; enriquecemos o empobrecemos. Es necesario tener vida interior, trato personal diario con Jesús, conocer cada vez con más su profundidad su doctrina, luchar con empeño por superar los propios defectos. El apostolado nace de un gran amor a Cristo. ¿Por qué los cristianos damos esa triste impresión de incapacidad para frenar la ola de corrupción que irrumpe contra la familia, la escuela, las instituciones? Solamente porque hemos dejado de ser la sal de la tierra y permitimos, por nuestra tibieza, que se propaguen todo tipo de herejías y barbaridades. Cuando el amor se enfría y la fe se adormece, la sal se desvirtúa y ya no sirve para nada. Acudamos a la Virgen, modelo perfecto de correspondencia amorosa a la vocación cristiana, y a nuestro Ángel Custodio para que aparten de nuestra alma toda sombra de tibieza.

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