Jueves 10 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

El versículo viene a aclarar el sentido de los precedentes. Los escribas y fariseos habían llegado a deformar el espíritu de la Ley, quedándose más bien en la observancia externa y ritual de la misma. Entre ellos, el cumplimiento exacto y minucioso, pero externo, de los preceptos se había convertido en una garantía de salvación del hombre ante Dios: «Si yo cumplo esto soy justo, soy santo y Dios me tiene que salvar». Con ese modo de concebir la justificación ya no es Dios en el fondo quien salva, sino el hombre quien se salva por las obras externas. La falsedad de tal concepción queda patente con la afirmación de Cristo, que podría expresarse en estos términos: para entrar en el Reino de los Cielos es necesario superar radicalmente la concepción de la justicia o santidad a la que habían llegado los escribas y fariseos. En otras palabras, la justificación o santificación es una gracia de Dios, a la que el hombre sólo puede colaborar secundariamente por su fidelidad a lesa gracia. En otros lugares esta enseñanza quedará aún más claramente explicada por Jesús (crf Lc 18,9-14, parábola del fariseo y del publicano). También dará lugar a una de las grandes batallas doctrinales de San Pablo frente a los «judaizantes» (véase Gal 3 y Rom 2-5).

Meditación

Motivos para la penitencia

I. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí y el Evangelio, la salvará’ (Mc 8, 34-39). El Señor, que ya había pedido desasirse de los bienes materiales (Lc 14, 33), más tarde pide un desprendimiento más profundo: la renuncia al propio yo. En el discípulo de Cristo cada entrega lleva consigo una afirmación: dejar de vivir para mí mismo, a fin de que Cristo viva en mí (Ga 2, 20). Jesús nos ofrece vida en abundancia, (Jn 10, 10), nos ofrece la filiación divina y la participación en la vida íntima de la Trinidad Beatísima. Y lo que estorba a esta admirable promesa es el apegamiento a nuestro yo, a la comodidad, al bienestar, al propio éxito… Por eso es necesaria la mortificación, desprendimiento de sí para permitir que Jesús esté en nosotros. Para que los méritos de la Pasión se apliquen, debemos cooperar por nuestra parte, llevando con paciencia los trabajos y tribulaciones que Dios nos mande, para asemejarnos a Jesús (Col 1, 24).

II. La Iglesia nos recuerda frecuentemente la necesidad de la mortificación. Si alguno quiere venir en pos de mí… De manera particular nos propone que el viernes nos propongamos una mortificación especial: la abstinencia de la carne, un trabajo mejor realizado, hacer la vida más grata a aquellos con los que convivimos, una práctica piadosa o alguna obra de misericordia Sin embargo el Señor espera que diariamente sepamos negarnos en pequeñas cosas, que vivificarán el alma y harán fecundo el apostolado. III. En primer lugar debemos tener en cuenta las mortificaciones pasivas: ofrecer con amor aquello que nos llega sin esperarlo o que no depende de nuestra voluntad (calor, frío, una espera que se prolonga, el carácter de los demás). Junto a éstas, aquellas que facilitan la convivencia (ser puntuales, escuchar con atención, ser afables venciendo estados de ánimo, dar las gracias, pedir disculpas, trabajo bien hecho, orden), mortificación de la inteligencia (evitar actitudes críticas, no juzgar con precipitación, mortificar la curiosidad) y de la voluntad (luchar contra el amor desordenado a sí mismo, evitar que las conversaciones se centren en nosotros), mortificación activa de los sentidos (viviendo la sobriedad), mortificación de la sensibilidad y mortificación interior (pensamientos inútiles que retardan el camino de la santidad). Examinemos si de veras estamos decididos a perder la vida, paso a paso, por amor a Cristo. Además, la mortificación debe ser alegre, continua, discreta, amable, llena de naturalidad, humilde y llena de amor, porque nos mueve la contemplación de Cristo en la Cruz. En la mortificación, como en el Calvario, encontramos a María.

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