Viernes 11 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Como en otras ocasiones, el cuarto Evangelio, en los hechos históricos que narra, contiene un significado profundo. San Agustín y la tradición cristiana ven brotar los sacramentos y la misma Iglesia del costado abierto de Jesús: «Allí se abría la puerta de la vida, de donde manaron los sacramentos de la Iglesia, sin los cuales no se entra en la vida que es verdadera vida (…). Este segundo Adán se durmió en la cruz para que de allí le fuese formada una esposa que salió del costado del que dormía. ¡Oh muerte que da vida a los muertos! ¿Qué cosa más pura que esta sangre? ¿Qué herida más saludable que ésta?» (San Agustín, In Ioann. Evang., 120, 2). A su vez el Concilio Vaticano II ha enseñado: «La Iglesia o reino de Cristo, presente actualmente en su ministerio, por el poder de Dios crece visiblemente en el mundo. Su comienzo y crecimiento están simbolizados en la sangre y en el agua que manaron del costado abierto de Cristo crucificado» (Const. Dogm. Lumen gentium, n. 3).

Meditación

Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús

I. El carácter de la Solemnidad que hoy celebramos es doble: de acción de gracias por las maravillas del amor que Dios nos tiene, y de reparación, porque este amor es mal o poco correspondido (A.G. Martimort, La Iglesia en oración), incluso por quienes tenemos tantos motivos para amar y agradecer. Este culto recibió un especial impulso por la devoción y piedad de numerosos santos a quienes mostró los secretos de su Corazón amantísimo, y les movió a difundir la devoción al Sagrado Corazón y a fomentar el espíritu de reparación. El Señor pidió a Santa Margarita María de Alacoque que promoviera el amor a la comunión frecuente…, sobre todo los primeros viernes de cada mes, con sentido de reparación. El Corazón de Jesús es fuente y expresión de su infinito amor por cada hombre, sean cuales sean las condiciones en las que se encuentre. Nadie nos ha amado más que Jesús, nadie nos amará más. ‘Me amó –decía San Pablo– y se entregó por mí’ (Ga 2, 20), y cada uno de nosotros puede repetirlo.

II. El Corazón de Jesús amó como ningún otro, experimentó alegría y tristeza, compasión y pena: se llenó de alegría, dice San Lucas (Lc 10, 21) con el pequeño éxito de los Apóstoles en su primera salida evangelizadora; y llora, cuando la muerte le arrebata un amigo (Jn 11, 35). A Jesús no le era indiferente –no lo es ahora en nuestro trato diario con Él– el que unos leprosos no volvieran a darle las gracias después de haber sido curados, o las delicadezas y muestras de hospitalidad que se tienen con un invitado, como le dirá a Simón el fariseo. ¿Quién podrá explicar los sentimientos de su Corazón amantísimo cuando en el Calvario nos dio a su Madre como Madre nuestra? Jesús nos dio voluntariamente hasta la última gota de su preciosa Sangre, como si estuviéramos solos en el mundo. ¿Cómo no nos vamos a acercar con confianza a Cristo? ¿Qué miserias pueden impedir nuestro amor, si tenemos el corazón grande para pedir perdón? III. Después de la Ascensión al Cielo con su Cuerpo glorificado, no cesa de amarnos para que vivamos siempre muy cerca de su Corazón amantísimo. Nosotros hoy, en esta Solemnidad, adoramos el Corazón Sacratísimo de Jesús. El meditar hoy en el amor que Cristo nos tiene, nos impulsará a agradecer mucho tantos dones, tanta misericordia inmerecida. Y al contemplar cómo muchos viven de espaldas a Dios, y que nosotros no somos del todo fieles, iremos a su Corazón amantísimo y allí encontraremos la paz, fruto del Espíritu Santo. Muy cerca de Jesús encontramos siempre a su Madre.

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