Sábado 12 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Solo San Lucas (2,41-50) ha recogido le suceso del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo, que piadosamente contemplamos en el quinto misterio gozoso del santo Rosario. «Llora María. -Por demás hemos corrido tú y yo de grupo en grupo, de caravana en caravana: no le han visto. -José, tras hacer inútiles esfuerzos por no llorar, llora también: …Y tú… Y yo.

» Yo, como soy un criadito basto, lloro a moco tendido y clamo al cielo y a la tierra…, por cuando le perdí por mi culpa y no clamé» (Santo Rosario, quinto misterio gozoso).

La solicitud con que María y José buscan al Niño ha de estimularnos a nosotros a buscar siempre a Jesús, sobre todo cuando lo hayamos perdido por el pecado.

Meditación

El valor de la palabra dada

I. Jurar, es decir, poner a Dios por testigo de algo que se asegura o se promete, es lícito, y en ocasiones necesario, cuando se hace con las debidas condiciones y circunstancias: es entonces un acto de la virtud de la religión y redunda en honor del nombre de Dios. Debe ser realizado en verdad, en juicio y en justicia (Jr, 4, 2). Sin embargo, el Señor en el Evangelio, quiere devolver y realzar su valor y fuerza a la palabra del hombre y nos dice: ‘A vosotros os debe bastar decir sí o no’ (Mt 5, 33-37). En las situaciones normales de la vida corriente, bastará nuestra palabra de cristianos y hombres honrados porque nos han de conocer como personas que buscan en todo la verdad y que dan un gran valor a la palabra empeñada, en lo que se fundamenta toda lealtad y fidelidad: a Cristo, a nuestros compromisos libremente contraídos, a la familia, a los amigos, a la empresa en la que trabajamos.

II. En un momento como éste, en que muchos utilizan la mentira y el engaño como una herramienta para escalar puestos, para alcanzar un mayor bienestar material o evitarse compromisos y sacrificios, o simplemente por falta de virtudes humanas, los cristianos debemos ser testigos vivos de Cristo, dispuestos a construir nuestra vida, nuestra hacienda, nuestra profesión, sobre un gran amor a la verdad. Además, ser veraces es un deber de justicia y de caridad. Este amor a la verdad nos llevará a mantener otras exigencias morales, como la reserva o el secreto profesional y el derecho a la intimidad. III. Al dar nuestra palabra, en cierto modo nos damos nosotros mismos, nos comprometemos en lo más íntimo de nuestro ser. Un verdadero discípulo de Cristo, a pesar de sus errores y defectos, ha de ser leal, honesto, un hombre de palabra; alguien que es fiel a su palabra. En la Iglesia los cristianos nos llamamos fieles para expresar la condición de miembros del Pueblo de Dios adquirida en el Bautismo. En la Sagrada Escritura el calificativo ‘fiel’ es atribuido a Dios mismo, porque nadie como Él es digno de confianza, siempre es fiel a sus promesas, no nos falla jamás. La mayor alabanza que nos pueden hacer es que somos fieles a Cristo, que Jesucristo puede contar con nosotros, que nuestra familia y nuestros amigos sepan que no les fallaremos, y que la sociedad a la que pertenecemos se pueda apoyar, como cimiento firme, en nuestra palabra empeñada de modo libre y responsable. A vosotros os debe bastar decir sí o no. Pidamos a María Santísima, ‘Virgo fidelis’, Virgen fiel, que nos ayude a ser leales y fieles en nuestra conducta diaria, en el cumplimiento de nuestros deberes y compromisos.

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