Domingo 13 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Jesús habla de la Iglesia a sus discípulos: la predicación del Evangelio, que es la semilla generosamente esparcida, dará su fruto sin falta, no dependiendo de quién siembra o quién riega, sino de Dios que da el incremento. Todo se realizará «sin que él sepa cómo», sin que los hombres se den plenamente cuenta. Al mismo tiempo el Reino de Dios indica la operación de la gracia en cada alma: Dios opera silenciosamente en nosotros una transformación, mientras dormimos o mientras velamos, haciendo brotar en el fondo de nuestra alma resoluciones de fidelidad, de entrega, de correspondencia, hasta llevarnos a la edad «perfecta». Aunque es necesario este esfuerzo del hombre, en definitiva es Dios quien actúa, «porque el Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras. Él es quien nos empuja a adherirnos a la doctrina de Cristo y a asimilarla con profundidad, quien nos da luz para tomar conciencia de nuestra vocación personal y fuerza para realizar todo lo que Dios espera. Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre. ‘Los que son llevados por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios’ (Rm 8,14)» (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 135).

Meditación

El grano de mostaza

I. Dios se vale de lo pequeño para actuar en el mundo y en las almas. Así nos lo propone Jesús en el Evangelio: El Reino de Dios se parece a un grano de mostaza; al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas (Mc 4, 31-32). Con miras humanas es incomprensible que los apóstoles, hombres incultos y sin medios materiales, pudieran difundir la doctrina de Cristo en tan corto tiempo y en medio de tantas dificultades. Nosotros, como ellos, somos como ese grano de mostaza en relación con la tarea que el Señor nos encomienda en medio del mundo. Conscientes de nuestros escasos talentos y de nuestra poquedad, debemos tener en cuenta que siempre tendremos la ayuda de Su gracia.

II. Los Apóstoles y los primeros cristianos encontraron en Roma, un mundo pagano y corrupto que había obscurecido, en muchos aspectos, la luz natural de la razón, y se había quedado ciego para ver la dignidad del hombre. Y desde el seno de esta sociedad, los cristianos la transformaron; allí cayó la semilla, y de ahí al mundo entero, y aunque era insignificante llevaba una fuerza divina porque era de Cristo. Los obstáculos del ambiente no deben desanimarnos; el Señor cuenta con nosotros para transformar el lugar donde se desenvuelve nuestro vivir cotidiano. Nosotros hagamos lo que está en nuestras manos, –aunque parezca poca cosa, tan poca cosa como un grano de mostaza–, muy unidos a Cristo, y Él mismo hará crecer nuestro empeño, y nuestra oración y sacrificio darán muchos frutos. III. No será infrecuente que encontremos un clima adverso cuando no escondemos nuestra condición de cristianos, pero debemos aprender a no tener respetos humanos, a no temer el ‘qué dirán’, a mantener viva la preocupación de dar a conocer a Cristo en cualquier situación en la que nos encontremos, con la convicción absoluta de que es el tesoro que hemos hallado (Mt 13, 44), la perla preciosa (Mt 13, 45-46) que encontramos después de mucho buscar. Ésta fue siempre la actitud de quienes nos precedieron en la tarea de cristianizar el mundo. En la Cruz, como Nuestra Madre, encontraremos la fortaleza que necesitamos.

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