Viernes 18 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

«No acumulen ustedes tesoros en la tierra»: La idea es clara: el corazón del hombre anhela un tesoro en cuya posesión piensa encontrar la seguridad y la felicidad. Sin embargo, todo tesoro compuesto de bienes de la tierra, de riquezas, de dinero, se convierte en una continua fuente de preocupaciones, porque está expuesto al peligro de perderse, o porque su defensa lleva consigo una tensión llena de disgustos y sinsabores.

Jesús, por el contrario, enseña aquí que el verdadero tesoro son las buenas obras y la conducta recta, que serán premiadas por Dios en el cielo eternamente. ¡Ese sí que es un tesoro que no se pierde! Ahí es donde el discípulo de Cristo debe poner su corazón.

Meditación

Donde está tu corazón

I. Ninguna cosa de la tierra merece que pongamos en ella el corazón de un modo absoluto. El corazón está hecho para Dios y, en Dios, para todas las cosas nobles de la tierra. A todos nos es muy útil preguntarnos con cierta frecuencia: ¿en qué tengo yo puesto el corazón? ¿Cuál es mi tesoro? ¿Cuál es el centro de mis preocupaciones más íntimas? Muchos hombres y mujeres si respondieran con sinceridad, encontrarían una respuesta muy dura: pienso en mí, sólo en mí, y en las cosas y personas en cuanto hacen referencia a mis propios intereses. Nuestro corazón está puesto en el Señor porque Él es nuestro tesoro, y por Él, de modo ordenado, los demás quehaceres nobles de un cristiano metido en el mundo. El Señor quiere que pongamos el corazón en las personas de la familia humana o sobrenatural que tengamos, que son a quienes en primer lugar hemos de llevar a Dios, y la primera realidad que debemos santificar.

II. Donde está el propio tesoro, allí están el amor, la entrega y los mejores sacrificios. El Señor no querría una caridad que no cuidara en primer lugar a quienes Él ha puesto a nuestro cuidado, porque no sería verdadera y ordenada. La familia es la pieza más importante de la sociedad, donde Dios tiene su más firme apoyo. Y es la más atacada en todos los frentes. Los padres han de ser conscientes de que ningún poder terreno puede eximirles de la responsabilidad de educar a sus hijos. Y todos hemos recibido del Señor, de distintas formas, el cuidado de otros. Nadie responderá por nosotros ante Dios cuando nos pregunte: ¿Dónde están los que te di? Que cada uno podamos responder: No he perdido a ninguno de los que me diste (Juan 18, 9). Necesitamos un corazón vigilante para percibir si en el ambiente familiar se van introduciendo modos de vivir que desdicen de un hogar cristiano y entonces pedir a San José, fortaleza llena de cariño para enmendar el camino. III. Vida familiar significa tener tiempo los unos para los otros. Ahora que se ataca tanto a la familia, la mejor manera de defenderla es el cariño humano verdadero, –a pesar de los defectos– y hacer presente a Dios en el hogar mediante la oración en familia: al bendecir la mesa, al acostarse, al iniciar un viaje. Unidos así, con una fe recia, se resisten mejor los ataques de fuera. Y si llega el dolor, se lleva mejor entre todos. La Virgen nos enseñará que el tesoro lo tenemos en el corazón de su Hijo, y en el propio hogar, en las personas que Él nos ha confiado.

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