Domingo 27 de Junio

Reflexión sobre el Evangelio

Esta mujer padecía una enfermedad por la que estaba en impureza legal (Lev 15,25 ss.). Ningún medio humano había conseguido curarla; por el contrario, añade con realismo el Evangelio, la cosa había ido de mal en peor. A los sufrimientos físicos –ya doce años–, se añadía la vergüenza de sentirse inmunda según la Ley. En el pueblo judío se consideraba impura no solamente la mujer afectada de una enfermedad de este tipo, sino todo lo que ella tocaba. Por eso, para no ser notada por la gente, la hemorroísa se acercó a Jesús por detrás y tocó tan sólo su manto, por delicadeza. Su fe se enriquece por una manifestación de humildad: la conciencia de ser indigna de tocar al Señor.

Meditación

La muerte y la vida

I. La Liturgia de este Domingo nos habla de la muerte y la vida. La Primera lectura nos enseña que la muerte no entraba en el plan inicial del Creador (Sb 1, 13-15; 2, 23-25), es consecuencia del pecado. La muerte angustia el corazón humano (Hb 2, 15), pero nos conforta saber que Jesús aniquiló la muerte (2 Tm 1, 10). No es ya el acontecimiento que el hombre debe temer ante todo. Es más, para el creyente es el paso obligado de este mundo al Padre. El pecado es la auténtica muerte –y es lo que debemos temer–, pues es la tremenda separación puesto que el hombre rompe con Dios. La muerte que era la suprema enemiga (1 Co 15, 26), ahora es nuestra aliada, se ha convertido en el último paso tras el cual encontramos el abrazo definitivo con el Padre, que nos espera desde siempre y que nos destinó para permanecer con Él.

II. Cuando el hombre peca gravemente se pierde para sí mismo y para Dios: es la mayor tragedia que puede sucederle. Se aparta radicalmente de Dios, por la muerte de la vida divina en el alma; pierde los méritos adquiridos a lo largo de la vida y se incapacita para adquirir otros nuevos; queda sujeto de algún modo a la esclavitud del demonio y disminuye en él la inclinación natural a la virtud. El pecado no sólo perjudica a quien lo comete: también daña a la familia, a los amigos, a toda la Iglesia. “Todo pecado repercute, con mayor o menor intensidad, con mayor o menor daño, en todo el conjunto eclesial y en toda la familia humana” (Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et paenitentia). III. A Jesús, perfecto Dios y perfecto hombre, le preocupan los asuntos relativos a la vida aquí en la tierra, pero muchísimo más todo aquello que hace relación a nuestro destino eterno. La convicción de nuestra propia debilidad nos llevará a evitar las ocasiones de pecado mortal, aun las más remotas, y ese amor a la vida de la gracia nos moverá a la práctica asidua de la mortificación de los sentidos, mantener la lucha lejos de las situaciones límite de lo grave y de lo leve, de lo permitido y lo prohibido, a no fiarnos de nosotros mismos, a amar la Confesión frecuente y decidirnos a evitar los pecados veniales deliberados puesto que hacen menos eficaces los suaves impulsos del Espíritu Santo. Pidamos a la Santísima Virgen que nos otorgue apreciar, por encima de todos los bienes humanos, incluso de la vida corporal, la vida del alma.

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