Domingo 11 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

«Ungían con aceite a los enfermos»: San Marcos es el único Evangelista que habla de una unción con aceite a los enfermos. El aceite se utilizaba frecuentemente para curar las heridas, y los Apóstoles lo emplean también para curar milagrosamente las enfermedades corporales, según el poder que Jesús les ha conferido. De ahí el uso del aceite como materia del sacramento de la unción de enfermos, que cura las heridas del alma e incluso las del cuerpo, si conviene. Como enseña el Concilio de Trento (Doctrina del sacramento extremae unctionis, cap. 1), hay que ver «insinuado» en este versículo de San Marcos el sacramento de la Unción de enfermos, que será instituido por el Señor, y más tarde «recomendado y promulgado a los fieles por Santiago Apóstol (cfr St 5,14 y ss.)».

Meditación

Amor y veneración al sacerdocio

I. Aunque todos los cristianos participamos en el sacerdocio de Cristo, cada uno en sus labores y circunstancias, convertidas día a día en una ofrenda gratísima al Señor, por voluntad divina, de entre los fieles, algunos son llamados –mediante el sacramento del Orden– a ejercer el sacerdocio ministerial. El sacerdote se convierte en instrumento de Cristo, al que presta todo su ser, para llevar a todos la gracia de la Redención. La identidad del sacerdote es “la de Cristo. Todos los cristianos podemos y debemos ser ¡el mismo Cristo! Pero en el sacerdote esto se da inmediatamente, de forma sacramental” (S. Josemaría Escrivá, Amar a la Iglesia). Cada sacerdote es un inmenso regalo de Dios al Mundo: es Jesús, que pasa haciendo el bien; es “el instrumento vivo de Cristo” en el mundo, (Concilio Vaticano II, Presbyterorum ordinis) que presta a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser (S. Josemaría Escrivá, o, c.). En la Santa Misa, es Cristo quien cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo y en su Sangre. Y es Cristo quien pronuncia en el sacramento de la Penitencia: Tus pecados te son perdonados.

II. Esta nueva identidad –actuar ‘in persona Christi’– se ha de manifestar en una vida sencilla y austera, santa; debe mostrarse en una entrega sin límites a los demás. El sacerdote no lo es exclusivamente cuando está realizando las funciones sagradas, sino que lo es siempre, en lo más alto y sublime, como en lo más vulgar y humilde de la vida cotidiana. Jamás puede comportarse como “si no fuera sacerdote”. Al sacerdote le es confiada “la más divina de las obras divinas” (S. Josemaría Escrivá, o, p.). Meditemos hoy junto al Señor cómo es nuestra oración por los sacerdotes, con qué finura los tratamos, cómo les agradecemos que hayan querido corresponder a la llamada del Señor, y cómo les ayudamos a ser fieles y santos.

III. El sacerdote es como una prolongación de la Humanidad Santísima de Cristo. No busca compensaciones humanas, ni honra personal, ni prestigio humano, ni mide su labor por las medidas humanas de este mundo. Debemos ayudarles especialmente con nuestra oración, para que celebren con dignidad la Santa Misa y dediquen muchas horas al confesionario, para que sean alegres, generosos, amables y trabajadores infatigables para extender el Reino de Cristo. Y jamás hablemos mal de ellos, y si es necesario les ayudaremos con la corrección fraterna y filial a la vez. Un sacerdote es para la humanidad más valioso que todos los bienes materiales y humanos juntos. Debemos ver en ellos al mismo Cristo.

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