Miércoles 21 de Julio

Reflexión sobre el Evangelio

En los labios de Jesucristo las parábolas adquieren una fuerza singular. Con este modo de hablar Jesús atrae la atención de sus oyentes, los cultos y los incultos, y, a través de las cosas más elementales de la vida cotidiana, les da luz acerca de las realidades sobrenaturales más profundas. Jesucristo empleó este género didáctico con suma maestría y perfección; sus parábolas son inconfundibles, tiene el sello de su personalidad y, por medio de ellas, nos ha revelado de manera gráfica las riquezas de la Gracia, la vida de la Iglesia, las exigencias de la fe y hasta el misterio del ser mismos de Dios.

Meditación

Virtudes humanas

I. Las virtudes naturales constituyen en el hombre el terreno bien dispuesto para que, con la ayuda de la gracia, arraiguen y crezcan las sobrenaturales, porque el comportamiento humano recto, las disposiciones nobles y honradas, son el punto de apoyo y el cimiento del edificio sobrenatural. Aunque la gracia puede transformar por sí misma a las personas, lo normal es que requiera las virtudes humanas; la virtud cardinal de la fortaleza no puede arraigar en alguien que no se vence en pequeños hábitos de comodidad o de pereza, que siempre está preocupado del calor y del frío. Que se deja llevar por los estados de ánimo siempre cambiantes y que siempre está pendiente de sí mismo y de su comodidad. El Señor nos quiere con una personalidad bien definida, resultado del aprecio que tenemos por todo lo que Él nos ha dado y del empeño que ponemos para cultivar estos dones personales.

II. Si contemplamos al Señor, podemos ver en Él la plenitud de todo lo humano noble y recto. En Jesús tenemos el ideal humano y divino al que nos debemos parecer. Él quiere que practiquemos todas las virtudes naturales: el optimismo, la generosidad el orden la reciedumbre, la alegría, la cordialidad, la sinceridad, la veracidad; que seamos sencillos, leales, diligentes, comprensivos, equilibrados. Recordemos que el Señor extrañó las muestras de cortesía y de urbanidad (Lc 7, 44-46), y echó de menos la gratitud de los leprosos a los que había curado (Lc 17,17-18). Si imitamos a Cristo, perfecto Dios y perfecto Hombre, nos esforzaremos en vivir las virtudes humanas.

III. El cristiano en medio del mundo es como una ciudad construida en lo alto de un monte, como la luz sobre el candelero. Y lo humano es lo primero que se ve y es lo que primero atrae. Por eso, las virtudes propias de la persona se convierten en instrumento de la gracia para acercar a otros a Dios: el prestigio profesional, la amistad, la sencillez, la cordialidad…, pueden disponer a las almas a oír con atención el mensaje de Cristo. Muchos apreciarán la vida sobrenatural cuando la vean hecha realidad en una conducta plenamente humana.

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