Domingo 1 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

El alimento corporal sirve para la vida en este mundo; el espiritual sostiene y desarrolla la vida sobrenatural, que continúa para siempre en el Cielo. Este alimento, que sólo Dios puede darnos, consiste principalmente en el don de la fe y la gracia santificante. Incluso, por infinito amor divino, en la Sagrada Eucaristía se nos da como alimento del alma el mismo autor de estos dones: Jesucristo.

Meditación

El alimento de la nueva vida

I. Dice el Señor: Yo soy el Pan de Vida. El que viene a Mí no pasará hambre. Y el que cree en Mí nunca pasará sed (Jn 6, 35). “Sólo mediante la Eucaristía es posible vivir las virtudes heroicas del cristianismo: la caridad hasta el perdón de los enemigos, hasta el amor a quien nos hace sufrir, hasta el don de la propia vida por el prójimo; la castidad en cualquier edad y situación de la vida; la paciencia, especialmente en el dolor y cuando se está desconcertado por el silencio de Dios en los dramas de la historia o de la misma existencia propia. Sed siempre almas eucarísticas para poder ser cristianos auténticos” (Juan Pablo II, Homilía 19-VIII-1979). Verdaderamente, la vida sin Cristo se convierte en un áspero desierto en el que cada vez se está más lejos de la meta.

II. La Eucaristía es la suprema realización de aquellas palabras de la Escritura: son mis delicias estar con los hijos de los hombres (Pr 8, 31). Jesús Sacramentado es verdaderamente el Emmanuel, el Dios con nosotros, que se nos da como alimento para una nueva vida, que se prolonga más allá de nuestro fin terreno. Podemos preguntarnos: ¿Cómo me preparo para recibirte? ¿Cómo es mi fe, mi alegría, mis deseos? Hagamos propósitos pensando en la próxima Comunión que vamos a realizar, quizá dentro de pocos minutos o de pocas horas. No puede ser como las anteriores: ha de estar más llena de amor.

III. Cuando comulgamos, Cristo mismo, todo entero, con su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad, se nos da en una unión inefablemente íntima que nos configura con Él de un modo real, mediante la transformación y asimilación de nuestra vida en la suya. Cristo, en la Comunión, no solamente se halla con nosotros, sino en nosotros. Cristo está verdadera, real y sustancialmente presente en nuestra alma después de comulgar. El alma se convierte en templo y sagrario de la Trinidad Beatísima: Y la vida íntima de las tres Divinas Personas empapa y transforma el alma del hombre, sustentando, fortaleciendo y desarrollando en él el germen divino que recibió en el Bautismo. Cuando nos acerquemos a recibirle le podemos decir: “Señor, espero de Ti; te adoro, te amo, auméntame la fe. Se el apoyo de mi debilidad, Tú, que te has quedado en la Eucaristía, inerme, para remediar la flaqueza de las criaturas” (S. Josemaría Escrivá, o.c., n. 832). Acudamos a Santa María, Ella nos dará sus mismos sentimientos de adoración y de amor.

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