Martes 3 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

El impresionante episodio de Jesús caminando sobre las aguas debió de hacer pensar mucho a los Apóstoles, y quedarse grabado vivísimamente entre sus recuerdos de la vida con el Maestro. No sólo san Mateo, sino también san Marcos, que debió de oírlo del mismo san Pedro, y san Juan lo consignan en sus respectivos Evangelios.

Las tempestades en el lago de Genesaret son frecuentes y arremolinan las aguas, constituyendo un grave peligro para las embarcaciones pesqueras. Desde lo alto del monte, Jesús en oración no olvida a sus discípulos. Los ve esforzándose en luchar con el viento que les era contrario y con el oleaje. Y terminada su oración se acerca a ellos para ayudarles.

Meditación

Hombres de fe

I. Desde la cima de un monte, adonde se había retirado a orar, Jesús ve a los Apóstoles mar adentro, en su barca batida por las olas porque el viento les era contrario (Mt 14, 22-36). Antes de apuntar el día, vino hacia ellos caminando sobre el mar. Los Apóstoles tuvieron miedo y comienzan a gritar. Cristo se da a conocer: ‘Tened confianza, soy yo, no temáis’. Es la actitud con que Cristo se presenta siempre en nuestra vida: dando aliento y serenidad. Pedro le hace una petición inesperada: ‘Señor, si eres Tú, manda que yo vaya a Ti sobre las aguas’. La audacia del amor no tiene límites. Y la condescendencia de Jesús tampoco tiene término. Él le dijo: ‘Ven. Y Pedro, bajando de la barca, comenzó a andar sobre las aguas hacia Jesús’. Pedro ha cambiado la seguridad de la barca por Jesús. No importan el ambiente, las dificultades que rodean nuestra vida, si nos dirigimos llenos de fe y confianza a Jesús que nos espera; no importa que las olas sean muy altas y el viento fuerte. Si miramos a Jesús, todo nos será posible; y ese mirarle es la virtud de la piedad.

II. La fe, grande en los comienzos, se hizo pequeña después. Pedro olvida que lo único que lo mantenía a flote, era la palabra del Señor, y cuando empieza a temer y a dudar, comenzó también a hundirse. Dios pide a veces ‘aparentes imposibles’ que se hacen realidad cuando actuamos con fe, con los ojos puestos en el Señor. Cuando la fe se empequeñece, las dificultades se agigantan y cobran fuerza las tentaciones. Pedro hubiera permanecido firme sobre las aguas y habría llegado hasta el Señor si no hubiera apartado de Él su mirada confiada. Todas las tempestades juntas, las del alma y las del ambiente, nada pueden mientras estemos bien afincados en la oración.

III. ‘¡Señor, sálvame! Al punto Jesús extendió su mano, lo sostuvo y le dijo: Hombre de poca fe, ¿por qué has dudado? Después subieron a la banca y cesó el viento’. Si nosotros vemos que nos hundimos, que no podemos con las dificultades o la tentación, acudamos a Jesús: ¡Señor, sálvame! Él siempre tiene su mano extendida para que nos aferremos a ella. Además, Dios ha puesto junto a nosotros un Ángel Custodio para que nos proteja de toda adversidad y nos ayude en nuestro camino al Cielo. Pidámosle ayuda en lo grande y en lo pequeño, y encontraremos la fortaleza que necesitamos para vencer.

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