Miércoles 11 de Agosto

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor nos hace aquí una llamada a cooperar con Él en la santificación de los demás a través de la corrección fraterna, entre otros posibles medios. A las fuertes palabras con que el Señor condena el escándalo, siguen ahora estas otras, no menos fuertes, contra el pecado de negligencia (cfr Hom. Sobre S. Mateo, 61). Existe obligación de corregir. El Señor señala tres grados de corrección: 1) a solas, 2) ante uno o dos testigos, y 3) ante la Iglesia.

Meditación

El poder de perdonar los pecados

I. Jesús tenía el poder de perdonar los pecados, y a través del Evangelio vemos que lo ejerció numerosas veces. Y no sólo quiso que alcanzasen el perdón aquellos que lo encontraron por los caminos de Palestina, sino también cuantos habrían de venir al mundo a lo largo de los siglos. Instituyó el sacramento de la Penitencia porque conoce bien nuestra flaqueza y debilidad: ha venido a salvarnos, a perdonarnos, a traernos la paz y la alegría (S. Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa). Para eso dio la potestad de perdonar los pecados a los Apóstoles y a sus sucesores a lo largo de los siglos (San Agustín, Comentario a la 1ª Epístola de San Juan). El Sacramento de la Penitencia es una expresión portentosa del amor y la misericordia de Dios con los hombres. Hoy demos gracias al Señor por el don tan grande que significa ser perdonado de errores y miserias, y nos preguntamos: ¿son hondas y bien preparadas nuestras confesiones?

II. La consideración de las razones por las que el Señor instituyó el sacramento de la Penitencia, nos mueven a ser agradecidos. En primer lugar, es Cristo mismo, quien por medio del sacerdote, nos absuelve, porque cada sacramento es acción de Cristo, y a la vez una acción de su Cuerpo Místico inseparable, que es la Iglesia. El Señor está dispuesto a perdonar todo si nos encontramos en las debidas disposiciones. En la Confesión nos da la oportunidad de vaciar el alma de toda inmundicia, de limpiarla bien. Con un examen diligente, el dolor y el propósito bien hechos, el Espíritu Santo va logrando en nuestra alma la delicadeza de conciencia, una finura interior que afianza una fuerte decisión de no cometer un pecado mortal, a la vez que hace crecer el empeño sincero de detestar el pecado venial ¿Cómo no vamos a ser agradecidos?

III. Sólo tiene la facultad de perdonar los pecados quien haya recibido el Orden sacramental, su poder le llega directamente de Dios. El confesor hace las veces de Cristo, y debe juzgar las disposiciones del pecador –el dolor y propósito de enmienda– antes de darle la absolución. La Confesión es un verdadero juicio, pero es un juicio que se ordena al perdón del que se declara culpable. Este juicio de la Confesión es, en cierto modo, adelanto y preparación del juicio definitivo, que tendrá lugar al final de nuestra vida. Entonces comprendemos en toda su profundidad la gracia y la misericordia divina en el momento en que se nos perdonan nuestros pecados, y acudimos al Sacramento con alegría y agradecimiento, llenos de esperanza.

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