Domingo 26 de Septiembre

Reflexión sobre el Evangelio

El valor y mérito de las obras buenas está principalmente en el amor a Dios con el que se realizan: «Un pequeño acto, hecho por Amor, ¡cuánto vale!» (S. Josemaría Escrivá, Camino, n. 814). Dios recompensa, sobre todo, las acciones de servicio a los demás, por pequeñas que parezcan: «¿Ves ese vaso de agua o ese trozo de pan que una mano caritativa da a un pobre por amor de Dios? Poca cosa es en realidad y casi no estimable al humano juicio: pero Dios lo recompensa y concede inmediatamente por ello aumento de caridad» (S. Josemaría Escrivá, Tratado del amor de Dios, libro 3, cap. 2).

Meditación

Tarea de todos

I. El Evangelio de la Misa nos relata que Juan se acercó a Jesús para decirle que habían visto a uno que echaba demonios en su nombre. Como no era del grupo que acompañaba al Maestro, se lo habían prohibido. Jesús contestó a los suyos: No se lo impidáis, porque uno que hace milagros en mi nombre no puede hablar mal de Mí. Jesús reprueba la intransigencia y la mentalidad exclusivista y estrecha de los discípulos, y les abre el horizonte a un apostolado universal, variado y distinto. Los cristianos no tenemos mentalidad de partido único. La única condición –dentro de esta gran variedad de modos de llevar a Cristo a las almas– es la unidad en lo esencial: proclamar la verdad sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, en la obediencia al Magisterio de la Iglesia que la interpreta auténticamente. Como consecuencia de su ser cristiano, los fieles y las Asociaciones a las que pertenecen manifiestan su unidad filial con el Papa y con los Obispos, dando testimonio de una comunión firme expresada en la leal disponibilidad para acoger sus enseñanzas doctrinales y sus orientaciones pastorales, y en el reconocimiento de una legítima pluralidad entre los cristianos.

II. Todo cristiano está llamado a extender el Reino de Cristo, y toda circunstancia es buena para el apostolado, el cual nunca debe detenerse: los modos y las formas pueden ser muy diversos, pero el fin es el mismo. ¡Qué caminos tan distintos escoge el Señor para atraer a las almas! Lo verdaderamente importante es que el mundo esté cada día un poco más cerca de Cristo. Y a esta tarea llama el Señor a todos, pero no de la misma manera, en una uniformidad que empobrecería el apostolado.

III. Sea cual fuere el modo apostólico al que el cristiano se sienta llamado y las circunstancias en la que haya de ejercerlo, la caridad ha de ir siempre por delante. En esto conocerán que sois mis discípulos, había anunciado el Señor (Jn 13, 35). Debemos acercarnos a los demás, primero con la caridad bien vivida, base de todo apostolado, apreciando de verdad a quienes nos rodean aunque al principio pueda resultar difícil el trato; sin permitir que defectos, aparentes o reales, nos separen de ellos. En cada uno vemos a un hijo de Dios de valor infinito, y esto nos lleva a un aprecio sincero, que está por encima de los defectos y modos de ser. El Señor nos tendrá preparado un gran premio porque a lo largo de nuestra vida hemos procurado que muchas almas se acerquen a Él. Pidamos a Nuestra Madre una gran generosidad.

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