Domingo 3 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

El relato evangélico refleja una espontaneidad y una viveza que enamora al lector y que cabe relacionar con la figura de San Pedro, a quien Marcos se lo oirá contar. Es una de las pocas ocasiones en que se dice en los Santos Evangelios que Cristo se enfadó. La causa fue la intolerancia de los discípulos, que entendían inoportuna la pretensión de quienes presentaban a los niños para que el Señor los bendijese, como una pérdida de tiempo y una circunstancia enojosa para el Maestro: Cristo tiene cosas más graves en que pensar como para ocuparse de estos críos, pudieran haber pensado. La conducta de los discípulos no es malintencionada; simplemente se dejan llevar por criterios humanos, queriendo evitar un fastidio al Señor. No han calado en lo que les ha dicho poco antes: «El que reciba en mi nombre a uno de estos niños, a mí me recibe; y quien me recibe, no me recibe a mí, sino al que me envió» (Mc 9,37).

Meditación

La santidad del matrimonio

I. Cuando unos fariseos se acercan a Jesús para tentarle, le preguntan para enfrentarlo a la ley de Moisés si es lícito al marido repudiar a la mujer. Jesús declara en esta ocasión la unidad e indisolubilidad originales del matrimonio, según los instituyera Dios en el principio de la creación (Mc 10, 2-16). Sus discípulos volvieron a preguntarle lo mismo, y Él les confirma lo que ya había enseñado: Cualquiera que repudie a su mujer y se una con otra, comete adulterio contra aquella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro comete adulterio (Gn 2, 18-24). Difícilmente se puede hablar con más nitidez. Sus palabras están llenas de una claridad deslumbradora. ¿Cómo es posible que un cristiano pueda cuestionar estas propiedades naturales del matrimonio y siga proclamando que imita y acompaña a Cristo? La salud moral de los pueblos está ligada al buen estado del matrimonio. De aquí la urgencia que todos tenemos de rezar y velar por las familias. Los mismos escándalos que desgraciadamente se producen y se divulgan, pueden ser ocasión para dar buena doctrina y ahogar el mal en abundancia de bien.

II. Jesús eleva el matrimonio a la dignidad de sacramento, que hasta entonces había sido una institución de orden meramente natural, y lo introduce en el orden de las cosas divinas. El matrimonio natural entre dos cristianos también está lleno de grandeza y dignidad, pero “el ideal propuesto por Cristo a los casados está infinitamente por encima de una meta de perfección humana: a través del matrimonio comunica a los esposos la misma vida divina…” (J. Mª. Martínez Doral). Quienes se casan inician juntos una vida nueva que han de andar en compañía de Dios. ¡Sacramento grande en Cristo y en la Iglesia, dice San Pablo! (Ef 5, 32). No olvidemos que lo primero que quiso santificar el Mesías fue el hogar, puesto que quiso nacer y crecer en su seno.

III. Quiso el Señor reflejar en su propia familia el modo en que habrían nacer y crecer sus hijos: en el seno de una familia establemente constituida y rodeados de su protección y cariño. La familia tal y como Dios la ha querido es una verdadera “escuela de virtudes” (Juan Pablo II, Discurso) donde los hijos se forman para ser ciudadanos y buenos hijos de Dios. Es en medio de la familia que vive de cara a Dios, donde cada uno encontrará su propia vocación, a la que el Señor le llama. Acudamos a Nuestra Señora y a su castísimo esposo, San José, para que cuiden a nuestra familia y a todas las familias del mundo entero.

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