Domingo 17 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

Nuestra actitud ha de ser la del Señor: servir a Dios y a los demás con visión netamente sobrenatural, sin esperar nada a cambio de nuestro servicio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. Esta actitud cristiana chocará sin duda con los criterios humanos. Sin embargo, el «orgullo» del cristiano, identificado con Cristo, consistirá precisamente en servir. Sirviendo a los demás el cristiano participa de la misión de Cristo y alcanza así su verdadera dignidad: «Esta dignidad se expresa en la disponibilidad para servir, según el ejemplo de Cristo, que ‘no ha venido a ser servido, sino a servir’. Si, por consiguiente, a la luz de esta actitud de Cristo se puede verdaderamente ‘reinar’ sólo ‘sirviendo’, a la vez, el ‘servir’ exige tal madurez espiritual que es necesario definirla como el ‘reinar’. Para poder servir digna y eficazmente a los otros, hay que saber dominarse, es necesario poseer las virtudes que hacen posible tal dominio» (Juan Pablo II, Enc. Redemptor hominis, n. 21).

Meditación

Servir

I. La vida cristiana es imitación de la de Cristo, pues Él se encarnó y os dio ejemplo para que sigáis sus pasos (1 P 2, 21). San Pablo exhortaba a los primeros cristianos a imitar al Señor con estas palabras: Tened los mismos sentimientos de Cristo Jesús (Flp 2, 5). Él es la causa ejemplar de toda santidad, es decir, del amor a Dios Padre. Nuestra santidad consiste en permitir que nuestro ser más profundo se vaya configurando con el de Cristo, en procurar que nuestros sentimientos ante los hombres, ante las realidades creadas, ante la tribulación, se parezcan más a los que Jesús tuvo, de manera que nuestra vida sea en cierto sentido, prolongación de la Suya. La misma gracia divina, en la medida en que correspondemos a la acción continua del Espíritu Santo, nos hace semejantes a Dios. Nuestra santidad consistirá, pues, en ser por la gracia lo que es Cristo por naturaleza: hijos de Dios.

II. En diversas ocasiones el Señor proclamará que no vino a ser servido sino a servir (Mt 20, 8). Toda su vida fue un servicio a todos, y su doctrina es una constante llamada a los hombres para que se olviden de sí mismos y se den a los demás. Se quedó para siempre en su Iglesia, y de modo particular en la Sagrada Eucaristía, para servirnos a diario con su compañía, con su humildad, con su gracia. Los cristianos que queremos imitar al Señor, hemos de disponernos para un servicio alegre a Dios y a los demás, sin esperar nada a cambio; servir incluso al que no agradece el servicio que se le presta. “¡Solamente en la oración, y con la oración, aprendemos a servir a los demás!” (S. Josemaría Escrivá, Forja). De ella obtenemos las fuerzas y la humildad que todo servicio requiere.

III. Nuestro servicio a Dios y a los demás ha de estar lleno de humildad, aunque alguna vez tengamos el honor de llevar a Cristo a otros, como el borrico sobre el que entró triunfante en Jerusalén (Lc 19, 35). Esta disponibilidad hacia las necesidades ajenas nos llevará a ayudar a los demás de tal forma que, siempre que sea posible, no se advierta, y así no puedan darnos ellos ninguna recompensa a cambio. ¡Nos basta la mirada de Jesús sobre nuestra vida! Servid al Señor con alegría: encontraremos muchas ocasiones en la propia profesión, en la vida de familia. Comprenderemos que “servir es reinar” (Juan Pablo II, Enc. Redentor hominis). Aprendamos de Nuestra Señora a “vivir apasionadamente pendiente del prójimo, por Dios” (S. Josemaría Escrivá, Surco).

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