Domingo 31 de Octubre

Reflexión sobre el Evangelio

El doctor de la ley que hace la pregunta muestra una actitud leal ante Jesucristo, buscando sinceramente la verdad. Ha quedado impresionado ante la respuesta precedente de Jesús, y se acerca con deseos de conocer mejor la enseñanza del Maestro. Su pregunta es acertada y Jesús se entretiene en instruir a este hombre, perteneciente a un grupo, los escribas, sobre el que va a lanzar las acusaciones más fuertes (Mc 12,38).

Pero Jesús no ve en el personaje que se le acerca solamente a un escriba, sino a un alma que busca la verdad. Y la enseñanza de Jesús penetra en su corazón: aquel hombre le repite saboreándola, y el Señor tendrá para él una palabra cariñosa, que incita a la definitiva conversión: «No estás lejos del Reino de Dios». Este encuentro nos hace recordar el que tuvo con Nicodemo.

Meditación

Amar con obras

I. En el Evangelio leemos cómo un doctor de la ley le hace una pregunta llena de rectitud al Señor: ¿Cuál es el primero de todos los mandamientos? Y Jesús se detiene ante este hombre que quiere conocer la verdad y le contesta: Escucha, Israel: El Señor Dios nuestro es el único Señor; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón (Mc 12, 28-34). Éste es el primero de los mandamientos, resumen y culminación de todos los demás. ¿En que consiste este amor? El Cardenal Luciani –que más tarde sería Juan Pablo I–, comentando a San Francisco de Sales, escribía que “quien ama a Dios debe embarcarse en su nave, resuelto a seguir la ruta señalada por sus mandamientos, por las directrices de quien lo representa y por las situaciones y circunstancias de la vida que Él permite”. “Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza; quien a Dios tiene nada le falta: sólo Dios basta” (Santa Teresa, Poesías).

II. Lo determinante de nuestra vida, lo que aparta todas las tinieblas y tristezas es el hecho de que Dios nos ama. Esta realidad llena el corazón de esperanza y de consuelo. La Encarnación es la revelación suprema del amor de Dios por cada uno de sus hijos. ¿Cómo no vamos a corresponder a un amor tan grande? El Señor nos pide que le amemos con obras y afectos de nuestro corazón. El amor pide obras: confianza de hijos, especialmente cuando nos sintamos más necesitados; agradecimiento alegre por tanto don que recibimos; fidelidad de hijos, allí donde nos encontremos. Dios nos quiere felices, pues en toda circunstancia podemos ser fieles al Señor. ¡Tantas veces necesitaremos decirle: “Señor, te amo…, ¡pero enséñame a amarte!”.

III. Amamos al Señor cumpliendo los mandamientos y nuestros deberes en medio del mundo, evitando toda ocasión de pecado, ejerciendo la caridad en mil detalles…, y también en esos gestos que pueden parecer pequeños pero que van llenos de delicadeza y cariño para el Señor: una genuflexión bien hecha ante el Sagrario, la puntualidad en nuestras normas de piedad, una mirada a una imagen de Nuestra Señora. Todo lo que hacemos por el Señor es sólo una pequeñez ante la iniciativa divina. Jesús se dirige a cada uno de nosotros para preguntarnos como a Pedro: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?” Es la hora de responder: “¡Señor, Tú lo sabes todo, Tú sabes que te amo!”, añadiendo con humildad: ¡Ayúdame a amarte más, auméntame el amor! (S. Josemaría Escrivá, Forja).

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