Domingo 7 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

El pequeño episodio es ocasión para que Nuestro Señor dé una enseñanza en la que quiere resaltar la importancia de lo que aparentemente es insignificante. Usa una expresión un tanto paradójica: la pobre viuda ha echado más que los ricos. Ante Dios el valor de las acciones consiste más en la rectitud de intención y la generosidad de espíritu, que en la cuantía de lo que se da. «¿No has visto las lumbres de la mirada de Jesús cuando la pobre viuda deja en el templo su pequeña limosna? –Dale tú lo que puedas dar: no está el mérito en lo poco ni en lo mucho, sino en la voluntad con que des» (San Josemaría Escrivá, Camino, n. 829).

Meditación

El valor de la limosna

I. Jesús observaba, sentado ante el cepillo de las ofrendas del Templo (Mc 12, 41-44) a las gentes que depositaban allí su limosna y bastantes ricos echaban mucho. El Señor se conmueve cuando se acercó una viuda pobre y echó dos monedas que hacen la cuarta parte de un as. El Señor alaba esta generosidad y toda dádiva que nace de un corazón recto y generoso, que sabe dar incluso aquello de que tiene necesidad. La limosna, no sólo de lo superfluo sino también de lo necesario, es una obra gratísima al Señor, que no deja nunca de recompensar. “Jamás será pobre una casa caritativa”, solía repetir el santo Cura de Ars. Qué sorpresa para la pobre viuda cuando, en su encuentro con Dios después de esta vida, pudo ver la mirada complacida de Jesús aquella mañana cuando hizo su ofrenda. Cada día esta mirada de Dios se posa sobre nuestra vida.

II. La limosna brota de un corazón misericordioso que quiere llevar un poco de consuelo al que padece necesidad, o contribuir con esos medios económicos al sostenimiento de la Iglesia y de aquellas obras buenas dirigidas al bien de la sociedad. Esta práctica lleva al desprendimiento y prepara el corazón para entender mejor los planes de Dios. La limosna, en cualquiera de sus formas, es expresión de nuestra entrega y de nuestro amor al Señor, que han de ir por delante. Dar y darse no depende de lo mucho o lo poco que se posea, sino del amor de Dios que se lleva en el alma.

III. La limosna atrae la bendición de Dios y produce abundantes frutos: cura las heridas del alma, que son los pecados. La limosna ha de ser hecha con rectitud de intención, mirando a Dios, como aquella viuda de la que nos habla Jesús en el Evangelio, y debe nacer de un corazón compasivo, lleno de amor a Dios y a los demás. Por eso, por encima, del valor material de los bienes que compartimos, está el espíritu de caridad con que realizamos la limosna, que se manifestará en la alegría y generosidad al practicarla. Pidamos a Nuestra Señora que nos conceda un corazón generoso que sepa dar y darse, que no escatime tiempo, ni bienes económicos, ni esfuerzo… a la hora de ayudar a otros y a esas empresas apostólicas en bien de los demás. El Señor nos mirará desde el Cielo con amor compasivo, como miró a la mujer pobre que se acercó al cepillo de las ofrendas del Templo aquella mañana.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s