Domingo 14 de Noviembre

Reflexión sobre el Evangelio

«Nadie conoce el día ni la hora»: Aludiendo a este versículo explica san Agustín (Enarrationes in Psalmos, 36,1): «Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha sido enviado como Maestro, ha dicho que ni siquiera el Hijo del Hombre conocía el día del juicio, porque no entraba en las atribuciones de su magisterio el que nos lo enseñara».

Meditación

La segunda venida de Cristo

I. Jesús cumplió la misión que el Padre le confió, pero su obra, en cierto modo, no está aún acabada. Volverá al final de los tiempos para terminar lo que comenzó. Desde los primeros siglos, la Iglesia confiesa su fe en esta segunda venida gloriosa de Cristo, cuando vendrá, glorioso y triunfante, a juzgar a vivos y muertos (Símbolo Niceno-Constantinopolitano). Los cristianos de la primera época, deseosos de ver el rostro glorioso de Cristo, repetían la dulce invocación: ¡Ven, Señor Jesús! Hoy ha quedado como una de las aclamaciones posibles de la Santa Misa, después de la consagración y adoración. Cuando Cristo se hace presente sobre el altar, la Iglesia le manifiesta el deseo de verle glorioso. Ahora en la intimidad de nuestra alma, le decimos: ‘Vultum tuum, Domine requiram’ (Sal 26, 8), buscaré, Señor, tu rostro, el que un día, con la ayuda de tu gracia, tendré la dicha de ver cara a cara.

II. Al final de los tiempos, leemos en el Evangelio de la Misa (Mc 13, 24-32), verán venir al Hijo del Hombre sobre las nubes con gran poder y majestad; enviará a los ángeles para reunir a sus elegidos de los cuatro vientos, del extremo de la tierra al extremo del cielo. Si en su Encarnación pasó oculto o ignorado, y en su Pasión se ocultó por completo su divinidad, al fin de los siglos vendrá rodeado de majestad y gloria. Vendrá como Redentor del mundo, como Rey, Juez y Señor del Universo. Se mostrará glorioso a quienes le fueron fieles a lo largo de los siglos, y también ante quienes le negaron, o lo persiguieron, o vivieron como si su Muerte en la Cruz hubiera sido un acontecimiento sin importancia. ¡Cómo debemos dar por bien empleados nuestros esfuerzos por seguir a Cristo! Jesús nos tratará, si somos fieles, como a sus amigos de siempre.

III. Para nosotros, la llegada de Cristo será la gran fiesta, pues el alma se unirá de nuevo a su propio cuerpo, y comenzará una nueva forma de existencia, donde cada uno –alma y cuerpo– dará gloria a Dios es una eternidad sin fin. La esperanza en este día del Señor nos ayudará a serle fieles, especialmente si alguna vez el ambiente que nos rodea es adverso y lleno de dificultades. El Señor permite a veces el sufrimiento para que aumente nuestra confianza en Él, vivamos mejor el desprendimiento de los bienes terrenos, y para hacernos dignos del reino que nos tiene preparado. Muestra Madre nos ayudará a ser fieles para que algún día, veamos el rostro amado de su Hijo.

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