Viernes 7 de enero

Reflexión sobre el evangelio

«Se retiraba a lugares solitarios para orar»: «Es muy importante –perdonad mi insistencia- observar los pasos del Mesías, porque Él ha venido a mostrarnos la senda que lleva al Padre. Descubriremos, con Él, cómo se puede dar relieve sobrenatural a las actividades aparentemente más pequeñas; aprenderemos a vivir cada instante con vibración de eternidad, y comprenderemos con mayor hondura que la criatura necesita esos tiempos de conversación íntima con Dios: para tratarle, para invocarle, para alabarle, para romper en acciones de gracias, para escucharle o, sencillamente, para estar con Él» (San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, n. 239).

Meditación

La huida a Egipto, virtudes de José

I. Después de partir de regreso los Magos, un Ángel le comunica a José: Levántate, toma al Niño y a su Madre, huye a Egipto y estate allí hasta que yo te diga, porque Herodes va a buscar al Niño para matarlo (Mt 2, 13). Era la señal de la Cruz al término de un día repleto de felicidad. Fue un viaje extenuante, a través de regiones desérticas, con el temor de ser alcanzados en la fuga. Dios no quiso ahorrar estas fatigas a los seres que más quería, para que supiéramos que estar cerca de Él no significa ausencia de dolor y dificultades. José no se escandalizó, con prisa siguió el camino que el Ángel le había indicado, cumpliendo en todas las circunstancias la voluntad de Dios. Obedeció sin más, con fortaleza para hacerse cargo de la situación y para poner los medios a su alcance, confiando plenamente en que Dios no le dejaría solo. Así hemos de hacer nosotros en situaciones difíciles, quizá extremas, cuando nos cueste ver la mano providente de Dios Padre en nuestra vida o en la de quienes más amamos.

II. Tras una larga y penosa travesía llegó la Sagrada Familia a su nuevo país. José llevaba con él a lo más importante: a Jesús, a María, y su laboriosidad y empeño para sacarles adelante a costa de todos los sacrificios del mundo. San José es para nosotros ejemplo de muchas virtudes: obediencia inteligente y rápida, de fe, de esperanza, de laboriosidad, de fortaleza. Ante las contrariedades que podamos padecer, si el Señor las permite, hemos de contemplar la figura de San José y encomendarnos a Él como han hecho muchos santos: “Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma…” (S. Teresa, Vida).

III. En Egipto permaneció sin disgustos ni protestas, paciente, realizando su trabajo como si nunca fuera a salir de aquel lugar. ¡Qué importante es saber estar, permanecer donde se debe, ocupado en lo que a cada uno le compete, sin ceder a la tentación de cambiar continuamente de sitio! Hemos de pedir a San José de su fortaleza, no sólo en casos extraordinarios y difíciles, sino también en la vida ordinaria: constancia en el trabajo, sonreír, tener una palabra amable para todos; y para superar obstáculos como la vanidad, la impaciencia, la timidez y los respetos humanos. Aprendamos hoy de San José a sacar adelante, con reciedumbre y fortaleza, todo lo que, de modo ordinario, el Señor nos encomienda, contando con que lo habitual será que encontremos obstáculos, superables siempre con la ayuda de la gracia.

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