Domingo 9 de enero

Reflexión sobre el evangelio

En el Bautismo de Cristo se encuentra reflejado el modo como actúa y opera el Sacramento del Bautismo en el hombre: su bautismo fue ejemplar del nuestro. Así, en el bautismo de Cristo se manifestó el misterio de la Santísima Trinidad, y los fieles, al recibir el Bautismo, quedan consagrados por la invocación y virtud de la Trinidad Beatísima. Igualmente el abrirse de los cielos significa que la fuerza de este Sacramento, su eficacia, viene de arriba, de Dios, y que por él queda expedita a los bautizados la vía del Cielo, cerrada por el pecado original.

Meditación

El bautismo del Señor

I. Cristo, sin tener mancha alguna que purificar, quiso someterse al bautismo de la misma manera que se sometió a las demás observancias legales, que tampoco le obligaban. Al hacerse hombre, se sujetó a las leyes que rigen la vida humana y a las que regían en el pueblo israelita, elegido por Dios para preparar la venida de nuestro Redentor. Con el bautismo de Jesús quedó preparado el Bautismo cristiano, que fue directamente instituido por Él. En él, recibimos la fe y la gracia. Hoy nuestra oración nos puede ayudar a dar gracias por haber recibido este don inmerecido y para alegrarnos por tantos bienes como Dios nos concedió. ‘Gracias al sacramento del bautismo te has convertido en templo del Espíritu Santo: no se te ocurra ahuyentar con tus malas acciones a tan noble huésped, ni volver a someterte a la servidumbre del demonio: porque tu precio es la Sangre de Cristo’ (San León Magno, Homilía de Navidad, 3).

II. El Bautismo nos inicio en la vida cristiana. Fue un verdadero nacimiento a la vida sobrenatural. El resultado de esta nueva vida es cierta divinización del hombre y la capacidad de producir frutos sobrenaturales. El bautizado renace a una nueva vida, a la vida de Dios, por eso es su hijo. ‘Y si somos hijos, también somos herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo’ (Cfr. Rm 8, 14-17). Demos muchas gracias a nuestro Padre Dios que ha querido dones tan inconmensurables, tan fuera de toda medida, para cada uno de nosotros. ¡Qué gran bien nos puede hacer el considerar frecuentemente estas realidades!

III. En la Iglesia nadie es un cristiano aislado. A partir del Bautismo, el cristiano forma parte de un pueblo, la Iglesia se le presenta como la verdadera familia de los hijos de Dios. Y el Bautismo es la puerta por donde se entra a la Iglesia, y se recibe el llamado a la santidad. Cada uno en su propio estado y condición. Otra verdad íntimamente unida a esta condición de miembro de la Iglesia es la del carácter sacramental, un cierto signo espiritual e indeleble impreso en el alma. Es como el resello de posesión de Cristo sobre el alma de los bautizados. Con estas consideraciones comprendemos bien el deseo de la Iglesia de que los niños reciban pronto estos dones de Dios. Desde siempre ha urgido a los padres para que bauticen a sus hijos cuanto antes. Hemos de agradecer a nuestros padres que, quizá a los pocos días de nacer, nos llevaran a recibir este santo sacramento.

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