Jueves 24 de febrero

Reflexión sobre el Evangelio

«Si tu mano te es ocasión de pecado»: Después que Jesús ha enseñado la obligación de evitar el escándalo a los demás, sienta ahora las bases de la doctrina moral cristiana sobre la ocasión de pecado; la enseñanza del Señor es imperiosa: el hombre está obligado a apartar y evitar la ocasión próxima de pecado, como el pecado mismo, según lo que ya había dicho Dios en el Antiguo Testamento: «El que ama el peligro en él caerá» (Si 3,26-27). El bien eterno de nuestra alma es superior a toda otra estimación de bienes temporales. Por tanto, todo aquello que nos pone en peligro próximo de pecado debe ser cortado y arrancado de nosotros. Esta forma de hablar –tan gráfica- del Señor deja bien sentada la gravedad de esta obligación.

Meditación

Lo que importa es ir al cielo

I. Entre todos los logros de la vida, uno solo es verdaderamente necesario: llegar al Cielo. Con tal de alcanzarlo debemos perder cualquier otra cosa, y apartar todo lo que se interponga en el camino, por muy valioso o atractivo que nos pueda parecer. La salvación eterna –la propia y la del prójimo- es lo primero. No podemos jugar con nuestra salvación ni con la del prójimo: tenemos la obligación de evitar los peligros de ofender al Señor y el deber grave de apartar la ocasión próxima de pecado, pues el que ama el peligro, en él caerá (Ecli 3, 26-27). Muchas veces los obstáculos que debemos remover no son muy importantes; faltas más o menos habituales –pecados veniales, pero muy a tener en cuenta- que retrasan el paso, y que pueden hacer tropezar y aún caer en otras más importantes.

II. Todo debe ayudarnos para afianzar nuestros pasos en el camino que conduce al Cielo: el dolor y la alegría, el trabajo y el descanso, el éxito y el fracaso… Al final de nuestra vida encontramos esta única alternativa: o el Cielo (pasando por el purgatorio si hemos de purificarnos) o el infierno, el lugar del fuego inextinguible, del que el Señor habló en muchos momentos. Si el infierno no tuviera una entidad real, Cristo no nos habría revelado con tanta claridad su existencia, y no nos habría advertido tantas veces, diciendo: ¡estad vigilantes! La existencia del infierno, reservado a los que mueran en pecado mortal, está ya revelada en el Antiguo Testamento (Números 16, 30-33; Isaías 33; Ecli 7, 18-19; Job 10, 20-21), y es una realidad dada a conocer por Jesucristo (Mateo 25, 41). Es una verdad de fe, constantemente afirmada por el Magisterio de la Iglesia (Benedicto XII, Benedictus Deus). El Señor quiere que nos movamos por amor, pero ha querido manifestarnos a dónde conduce el pecado para que tengamos un motivo más que nos aparte de él: el santo temor de Dios, temor de separarnos del Bien Infinito, del verdadero Amor.

III. La consideración de nuestro último fin ha de llevarnos a la fidelidad en lo poco de cada día, a ganarnos en Cielo con nuestro quehacer diario, y a remover todo aquello que sea un obstáculo en nuestro caminar. También nos ha de llevar al apostolado, a ayudar a quienes están junto a nosotros para que encuentren a Dios. La primera forma de ayudar a los demás es la de estar atentos a las consecuencias de nuestro obrar y de las omisiones, para no ser nunca, ni de lejos, escándalo, ocasión de tropiezo para otros. ¡Acudamos a la Virgen Santísima: ‘¡ter para tutum!’, ¡Prepáranos un camino seguro para llegar al Cielo!

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