Sábado 26 de febrero

Reflexión sobre el Evangelio

El Señor destaca con toda claridad la necesidad que tiene el cristiano de hacerse como un niño para entrar en el Reino de los Cielos: «Ser pequeño exige creer como creen los niños, amar como aman los niños, abandonarse como se abandonan los niños…, rezar como rezan los niños» (S. Josemaría Escrivá, Santo Rosario, Prólogo). En definitiva, las palabras del Señor son otra manera, sencilla y gráfica, de explicar la doctrina esencial de la filiación divina: Dios es nuestro Padre y nosotros sus hijos; toda la religión se resume en la relación de un buen hijo con un buen Padre. Ese espíritu de filiación divina tiene como cualidades: el sentido de la dependencia de nuestro Padre del Cielo y el abandono confiado en su providencia amorosa, igual que un niño confía en su padre; la humildad de reconocer que por nosotros nada podemos; la sencillez y la sinceridad, que nos llevan a mostrarnos tal como somos…

Meditación

Con la sencillez de los niños

I. En el Evangelio de la Misa contemplamos a Jesús rodeado de niños. ‘En verdad os digo: quien no reciba el Reino de Dios como un niño no entrará en él. Y abrazándolos, los bendecía, imponiéndoles las manos’. Volverse interiormente como niños, siendo mayores, puede ser tarea costosa: requiere reciedumbre y fortaleza en la voluntad, y un gran abandono en Dios. El cristiano decidido a vivir la infancia espiritual practica con más facilidad la caridad. El niño olvida con facilidad y no almacena agravios. La infancia espiritual conserva siempre un amor joven, porque la sencillez impide retener en el corazón las experiencias negativas. El Señor alegra nuestra juventud perenne en los comienzos y en los años de la madurez o de la edad avanzada. Dios es siempre la mayor alegría de la vida, si vivimos delante de Él como hijos, como hijos pequeños siempre necesitados.

II. Es el cristiano, que ha necesitado de toda la fortaleza para hacerse niño, quien puede dar su verdadero sentido a las devociones pequeñas. Cada uno ha de tener “piedad de niños y doctrina de teólogos”, solía decir Monseñor Escrivá de Balaguer. La formación doctrinal sólida ayuda a dar sentido a la mirada que dirigimos a una imagen de la Virgen y a convertir esa mirada en un acto de amor, o a besar un crucifijo, o a tomar agua bendita, y a no permanecer indiferente ante una escena del Via Crucis. Otras veces la sencillez tendrá manifestaciones de audacia: le decimos al Señor cosas que no nos atreveríamos a decir delante de otras personas, porque pertenecen a nuestra intimidad. Y esa audacia de la vida de infancia debe desembocar en propósitos concretos.

III. La sencillez es el resultado de haber quedado inermes ante Dios, como el niño ante su padre, de quien depende y en quien confía. Delante de Dios no cabe disimular defectos o errores, y así hemos de ser en la dirección espiritual. Somos sencillos cuando mantenemos una recta intención en el amor al Señor; esto nos lleva a buscar siempre el bien de Dios y de las almas. La persona sencilla no se enreda ni se complica; no busca lo extraordinario; hace lo que debe, y procura hacerlo bien, de cara a Él. Habla con claridad, no se expresa con medias verdades. No es ingenua, pero tampoco suspicaz; es prudente, pero no recelosa. Nuestra Señora nos enseña a tratar a su Hijo, dejando a un lado las fórmulas rebuscadas: le pedimos un corazón sencillo y lleno de amor para tratar a Jesús, y que aprendamos de los niños que con tanta confianza se dirigen a sus padres y a las personas que quieren.

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