Domingo 8 de mayo

Reflexión sobre el Evangelio

«Escucha –nos invita san Agustín– al mismo Hijo: ‘Yo y el Padre somos uno’. No dijo ‘Yo soy el Padre’, ni ‘Yo y el Padre es uno mismo’. Sino que en la expresión ‘Yo y el Padre somos uno’ hay que fijarse en las dos palabras: ‘somos’ y ‘uno’ (…). Porque si son uno entonces no son diversos, y si ‘somos’, entonces hay un Padre y un Hijo» (In Ioannis Evangelium Tractatus, 36,9). Jesús revela su unidad sustancial con el Padre en cuanto a la esencia o naturaleza divina, pero al mismo tiempo manifiesta la distinción personal entre el Padre y el Hijo. «Creemos, pues, en Dios, que en toda la eternidad engendra al Hijo; creemos en el Hijo, Verbo de Dios, que es engendrado desde la eternidad; creemos en el Espíritu Santo, Persona increada, que procede del Padre y del Hijo como Amor sempiterno de ellos. Así, en las tres Personas divinas, que son eternas entre sí e iguales entre sí, la vida y la felicidad de Dios enteramente uno abundan sobremanera y se consuman con excelencia máxima y gloria propia de la Esencia increada; y siempre hay que venerar la unidad en la Trinidad y la Trinidad en la unidad» (Pablo VI, Solemnis professio fidei, n. 10).

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