Martes 21 de junio

Meditación

La senda estrecha

I. ‘Mientras iban camino hacia Jerusalén, uno le preguntó: Señor, ¿son pocos los que se salvan?’ (Lc 13, 23). Jesús no le contestó directamente, sino que le dijo: ‘Esforzaos por entrar por la puerta estrecha, porque muchos, os digo, intentarán entrar y no podrán’. La vida es un camino muy corto que acaba en Dios; lo importante es que, al llegar, se nos abra la puerta y podamos entrar. Hay dos actitudes en la vida en cuanto el camino: buscar lo más cómodo y placentero, regalar el cuerpo y huir del sacrificio y de la penitencia; o bien, buscar la voluntad de Dios aunque cueste, tener los sentidos guardados y el cuerpo sujeto mientras se vive como peregrinos que llevan lo justo, y no se entretienen en las cosas porque van de paso. Con frecuencia hemos de preguntarnos por dónde caminamos y a dónde vamos. Cuando se quiere algo hay que elegir los medios adecuados, y sólo hay un camino para llegar al cielo.

II. La senda que nos señala el Señor es alegre, pero es, a la vez, de cruz y de sacrificio, de templanza y mortificación. ‘Si alguno quiere venir en pos de mí, que tome su cruz, cada día, y me siga’ (Lc 9, 23). Nos es necesaria la templanza en esta vida para poder entrar en la otra. Se nos pide a los cristianos estar desprendidos de los bienes que tenemos y usamos, prescindir de lo superfluo y, en lo necesario, poner mortificación, que garantiza la rectitud de intención. En la senda ancha de la comodidad, el confort y la falta de mortificación, las gracias que Dios nos da quedan agostadas y sin fruto. Ocurre como la semilla caída entre las espinas: se ahoga a causa de las preocupaciones, riquezas y placeres, y no llega a dar fruto (Lc 8, 14). Nos dirigimos a Dios de prisa, y lo único verdaderamente importante es no equivocar el camino.

III. La templanza es de gran eficacia apostólica, es uno de los ejemplos más atrayentes de la vida cristiana, y nosotros podemos manifestarla con sencillez en nuestro comportamiento. Nos baste recordar que, para muchos, la ejemplaridad de un cristiano ha sido el comienzo de un verdadero encuentro con el Señor. La mortificación la encontraremos frecuentemente en cosas pequeñas que mantienen el cuerpo sujeto a la razón y disponen al alma para entender las cosas de Dios, y pasa por todas las actividades del cristiano: desde las comodidades del hogar, hasta el uso de los instrumentos de trabajo, del tiempo y el modo de divertirse. El camino estrecho es amable y seguro porque “la Cruz ya no es un patíbulo, sino el trono desde el que reina Cristo. Y a su lado, su Madre, Madre nuestra también. La Virgen Santa te alcanzará la fortaleza que necesitas para marchar con decisión tras los pasos de su Hijo” (S. Josemaría Escrivá, Amigos de Dios).

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