Miércoles 3 de agosto

Meditación

La virtud de la humildad

I. Ante la insistencia de la mujer siro-fenicia que pedía a Jesús la curación de su hija, el Señor le contesta con tono amable y acogedor: ‘No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perrillos’. La mujer con gran humildad le dice: ‘Es verdad, Señor, pero también los perrillos comen de las migajas que caen de las mesas de sus manos’. Su humildad conquistó el corazón de Jesús y recibió el don que pedía y una gran alabanza del Maestro: ‘¡Oh mujer, grande es tu fe! Hágase como tú quieres’. Y quedó sanada su hija en aquel instante. Nosotros, que nos encontramos lejos de la fe y de la humildad de esta mujer, le pedimos con fervor al Maestro: ‘Buen Jesús, si he de ser apóstol, es preciso que me hagas humilde. Señor, lléname de tu caridad. Que me conozca y que te conozca: Así jamás perderé de vista mi nada’ (S. Josemaría Escrivá, Surco). Sólo así podré seguirte como Tú quieres y como yo quiero; con una fe grande, con amor hondo, sin condición alguna.

II. La soberbia, pecado capital que se opone a la humildad, es lo más contrario a la vocación que hemos recibido del Señor, lo que más daño hace a la vida familiar, a la amistad, lo que más se opone a la verdadera felicidad. Es el principal apoyo con que cuenta el demonio en nuestra alma para destruir la obra que el Espíritu Santo trata incesantemente de edificar. ‘La humildad se fundamenta en la verdad’ (Santa Teresa, Las Moradas): es infinita la distancia entre la criatura y el Creador. ‘Nada tiene que ver la humildad con la timidez o con una vida mediocre y sin aspiraciones. La humildad descubre que todo lo bueno que existe en nosotros, tanto en el orden de la gracia, pertenece a Dios, porque de su plenitud hemos recibido todos’ (1 Corintios 12, 3) y tanto don nos mueve al agradecimiento.

III. ¿Cómo he de llegar a la humildad? ‘Por la gracia de Dios’ Por eso hemos de desearla y pedirla incesantemente. Andamos el camino de la humildad cuando aceptamos las humillaciones, pequeñas o grandes, y cuando aceptamos los propios defectos procurando luchar en ellos. Quien es humilde no necesita demasiadas alabanzas y elogios en su tarea, porque el Señor es de modo real y verdadero, la fuente de todos sus bienes y felicidad. Aprendemos a ser humildes meditando la Pasión de Nuestro Señor, considerando su grandeza ante tanta humillación, el dejarse hacer como cordero llevado al matadero (Isaías 53, 7). Aprenderemos a caminar en el sendero de la humildad si nos fijamos en María, la Esclava del Señor, la que no tuvo otro deseo que el de hacer la voluntad de Dios.

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