Martes 12 de septiembre

Meditación

La vuelta a la vida

I. En muchas ocasiones los Evangelistas señalan los sentimientos de misericordia del Corazón de Jesús cuando se encuentra con la desgracia y el sufrimiento, ante los que nunca pasa de largo: la viuda de Naím a quien resucita su hijo (Lc 7, 11-17); las gentes que andaban como ovejas sin pastor (Mt 9, 36); el leproso a quien dice: Queda limpio (Mc 1, 41); cuando multiplica los panes y los peces para alimentar a la muchedumbre hambrienta (Mc 8, 2); el ciego a quien le devolvió la vista (Mt 18, 27). ‘La misericordia es lo propio de Dios’, afirma Santo Tomás de Aquino, y se manifiesta plenamente en Jesucristo, tantas veces como cuantas se encuentra con el sufrimiento. Todo el Evangelio, pero especialmente estos pasajes en que se nos muestra el corazón misericordioso de Jesús, ha de movernos para acudir a Él en las necesidades del alma y del cuerpo. Él sigue estando en medio de los hombres, y sólo espera que nos dejemos ayudar. El Señor nos escucha siempre y viene en nuestra ayuda sin hacerse esperar.

II. Muchos Padres han visto en la madre que recupera a su hijo muerto una imagen de la Iglesia, que recibe también a sus hijos muertos por el pecado a través de la acción misericordiosa de Cristo. Si el Señor se compadece de una multitud que tiene hambre, ¿cómo no va a compadecerse de quien padece una enfermedad en el alma o lleva ya en sí la muerte para la vida eterna? Jesús ejerce su misericordia principalmente en la Confesión sacramental, uno de los misterios más gozosos de la misericordia divina. Éste es el sacramento de la paciencia divina, el sacramento de nuestro Padre Dios avistando cada día a las puertas de la eternidad el regreso de los hijos que se marcharon. 

III. Debemos cuidar amorosamente cada una de las confesiones, evitando la rutina y ahondando en el amor y en el dolor. Ahondar como si cada confesión fuera la única y la última; alejándonos de la superficialidad y la precipitación. Es bueno repasar las cinco condiciones para una buena confesión: examen de conciencia humilde, ante la presencia de Dios; dolor de los pecados, con un sentido profundo de la ofensa a Dios; propósito de enmienda concreto y firme; confesión de todos los pecados como una verdadera acusación de las faltas con deseo de que se nos perdone; cumplir la penitencia, por las que nos asociamos al sacrificio infinito de expiación de Cristo. Pidamos a Nuestra Señora, Refugio de los Pecadores, que nos ayude a confesarnos cada vez mejor.

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